La vida es sueño, por Pedro Calderón de la Barca

Jornada primera

Escena IV

ROSAURA

Ya que vi que la soberbia

te ofendió tanto, ignorante

fuera en no pedirte humilde

vida que a tus plantas yace.

Muévate en mí la piedad;

que será rigor notable

que no hallen favor en ti

ni soberbias ni humildades.

CLARÍN

Y si Humildad y Soberbia

no te obligan, personajes

que han movido y removido

mil autos sacramentales,

yo, ni humilde ni soberbio,

sino entre las dos mitades

entreverado, te pido

que nos remedies y ampares.

CLOTALDO

¡Hola!

SOLDADOS

Señor...

CLOTALDO

A los dos

quitad las armas, y ataldes

los ojos, porque no vean

cómo ni de dónde salen.

ROSAURA

Mi espada es ésta, que a ti

solamente ha de entregarse,

porque, al fin, de todos eres

el principal, y no sabe

rendirse a menos valor.

CLARÍN

La mía es tal, que puede darse

al más ruin; tomadla vos.

ROSAURA

Y si he de morir, dejarte

quiero, en la fe desta piedad,

prenda que pudo estimarse

por el dueño que algún día

se la ciñó. Que la guardes

te encargo, porque aunque yo

no sé qué secreto alcance,

sé que esta dorada espada

encierra misterios grandes;

pues sólo fiado en ella

vengo a Polonia a vengarme

de un agravio.

CLOTALDO (Aparte.

¡Santos cielos!

¿Qué es esto? Ya son más graves

mis penas y confusiones,

mis ansias y mis pesares.)

¿Quién te la dio?

ROSAURA

Una mujer.

CLOTALDO

¿Cómo se llama?

ROSAURA

Que calle

su nombre es fuerza.

CLOTALDO

¿De qué

infieres agora, o sabes,

que hay secreto en esta espada?

ROSAURA

Quien me la dio, dijo: «Parte

a Polonia, y solicita

con ingenio, estudio o arte,

que te vean esa espada

los nobles y principales;

que yo sé que alguno dellos

te favorezca y ampare»;

que por si acaso era muerto

no quiso entonces nombrarle.

CLOTALDO (Aparte.

¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho?

Aun no sé determinarme

si tales sucesos son

ilusiones o verdades.

Esta espada es la que yo

dejé a la hermosa Violante,

por señas que el que ceñida

la trujera, había de hallarme

amoroso como hijo,

y piadoso como padre.

Pues ¿qué he de hacer, ¡ay de mí!,

en confusión semejante,

si quien la trae por favor

para su muerte la trae,

pues que sentenciado a muerte

llega a mis pies? ¡Qué notable

confusión! ¡Qué triste hado!

¡Qué suerte tan inconstante!

Éste es mi hijo, y las señas

dicen bien con las señales

del corazón, que por verle

llama el pecho, y en él bate

las alas, y no pudiendo

romper los candados, hace

lo que aquel que está encerrado,

y oyendo ruido en la calle

se asoma por la ventana:

y él así, como no sabe

lo que pasa, y oye el ruido,

va a los ojos a asomarse,

que son ventanas del pecho

por donde en lágrimas sale.

¿Qué he de hacer? ¡Válgame el cielo!

¿Qué he de hacer? Porque llevarle

al Rey es llevarle, ¡ay triste!,

a morir, pues ocultarle

al Rey no puedo, conforme

a la ley del homenaje.

De una parte el amor propio,

y la lealtad de otra parte

me rinden. Pero ¿qué dudo?

¿La lealtad al Rey no es antes

que la vida y que el honor?

Pues ella viva y él falte.

Fuera de que, si ahora atiendo

a que dijo que a vengarse

viene de un agravio, hombre

que está agraviado, es infame.

No es mi hijo, no es mi hijo,

ni tiene mi noble sangre.

Pero si ya ha sucedido

un peligro de quien nadie

se libró, porque el honor

es de materia tan fácil

que con una acción se quiebra

o se mancha con un aire,

¿qué más puede hacer, qué más

el que es noble de su parte,

que a costa de tantos riesgos

haber venido a buscarle?

Mi hijo es, mi sangre tiene,

pues tiene valor tan grande;

y así, entre una y otra duda,

el medio más importante

es irme al Rey, y decirle

que es mi hijo, y que le mate.

Quizá la misma piedad

de mi honor podrá obligarle;

y si le merezco vivo,

yo le ayudaré a vengarse

de su agravio. Mas si el Rey,

en sus rigores constante,

le da muerte, morirá

sin saber que soy su padre.)

Venid conmigo, extranjeros.

No temáis, no, de que os falte

compañía en las desdichas;

pues en duda semejante

de vivir o de morir,

no sé cuáles son más grandes.

(Vanse.)

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