La vida es sueño, por Pedro Calderón de la Barca

Jornada primera

Escena VI

ESTRELLA

Sabio Tales...

ASTOLFO

Docto Euclides...

ESTRELLA

que entre signos...

ASTOLFO

que entre estrellas...

ESTRELLA

hoy gobiernas...

ASTOLFO

hoy resides...

ESTRELLA

y sus caminos...

ASTOLFO

sus huellas...

ESTRELLA

describes...

ASTOLFO

tasas y mides...

ESTRELLA

deja que en humildes lazos...

ASTOLFO

deja que en tiernos abrazos...

ESTRELLA

yedra dese tronco sea...

ASTOLFO

rendido a tus pies me vea.

BASILIO

Sobrinos, dadme los brazos,

y creed, pues que leales

a mi precepto amoroso,

venís con afectos tales,

que a nadie deje quejoso,

y los dos quedéis iguales.

Y así, cuando me confieso

rendido al prolijo peso,

sólo os pido en la ocasión

silencio, que admiración

ha de pedirla el suceso.

Ya sabéis (estadme atentos

amados sobrinos míos,

corte ilustre de Polonia,

vasallos, deudos y amigos),

ya sabéis que yo en el mundo

por mi ciencia he merecido

el sobrenombre de docto;

pues, contra el tiempo y olvido,

los pinceles de Timantes,

los mármoles de Lisipo,

en el ámbito del orbe

me aclaman el gran Basilio.

Ya sabéis que son las ciencias

que más curso y más estimo,

matemáticas sutiles,

por quien al tiempo le quito,

por quien a la fama rompo

la jurisdicción y oficio

de enseñar más cada día;

pues cuando en mis tablas miro

presentes las novedades

de los venideros siglos,

le gano al tiempo las gracias

de contar lo que yo he dicho.

Esos círculos de nieve,

esos doseles de vidrio,

que el sol ilumina a rayos,

que parte la luna a giros,

esos orbes de diamantes,

esos globos cristalinos,

que las estrellas adornan

y que campean los signos,

son el estudio mayor

de mis años, son los libros

donde en papel de diamante,

en cuadernos de zafiros,

escribe con líneas de oro,

en caracteres distintos,

el cielo nuestros sucesos,

ya adversos o ya benignos.

Estos leo tan veloz,

que con mi espíritu sigo

sus rápidos movimientos

por rumbos y por caminos.

¡Pluguiera al cielo, primero

que mi ingenio hubiera sido

de sus márgenes comento

y de sus hojas registro,

hubiera sido mi vida

el primero desperdicio

de sus iras, y que en ellas

mi tragedia hubiera sido,

porque de los infelices

aun el mérito es cuchillo,

que a quien le daña el saber,

homicida es de sí mismo!

Dígalo yo, aunque mejor

lo dirán sucesos míos,

para cuya admiración

otra vez silencio os pido.

En Clorilene, mi esposa,

tuve un infelice hijo,

en cuyo parto los cielos

se agotaron de prodigios,

antes que a la luz hermosa

le diese el sepulcro vivo

de un vientre, porque el nacer

y el morir son parecidos.

Su madre infinitas veces,

entre ideas y delirios

del sueño, vio que rompía

sus entrañas atrevido

un monstruo en forma de ho[m]bre,

y entre su sangre teñido

le daba muerte, naciendo

víbora humana del siglo.

Llegó de su parto el día,

y los presagios cumplidos

(porque tarde o nunca son

mentirosos los impíos),

nació en horóscopo tal,

que el sol, en su sangre tinto,

entraba sañudamente

con la luna en desafío;

y siendo valla la tierra,

los dos faroles divinos

a luz entera luchaban,

ya que no a brazo partido.

El mayor, el más horrendo

eclipse que ha padecido

el sol, después que con sangre

lloró la muerte de Cristo,

éste fue, porque, anegado

el orbe entre incendios vivos,

presumió que padecía

el último parasismo.

Los cielos se escurecieron,

temblaron los edificios,

llovieron piedras las nubes,

corrieron sangre los ríos.

En este mísero, en este

mortal planeta o signo,

nació Segismundo dando

de su condición indicios,

pues dio la muerte a su madre,

con cuya fiereza dijo:

«Ho[m]bre soy, pues que ya empiezo

a pagar mal beneficios.»

Yo, acudiendo a mis estudios,

en ellos y en todo miro

que Segismundo sería

el hombre más atrevido,

el príncipe más crüel

y el monarca más impío,

por quien su reino vendría

a ser parcial y diviso,

escuela de las traiciones

y academia de los vicios;

y él, de su furor llevado,

entre asombros y delitos,

había de poner en mí

las plantas, y yo rendido

a sus pies me había de ver

(¡con qué congoja lo digo!),

siendo alfombra de sus plantas

las canas del rostro mío.

¿Quién no da crédito al daño,

y más al daño que ha visto

en su estudio, donde hace

el amor propio su oficio?

Pues dando crédito yo

a los hados, que adivinos

me pronosticaban daños

en fatales vaticinios,

determiné de encerrar

la fiera que había nacido,

por ver si el sabio tenía

en las estrellas dominio.

Publicóse que el Infante

nació muerto; y, prevenido,

hice labrar una torre

entre las peñas y riscos

desos montes, donde apenas

la luz ha hallado camino,

por defenderle la entrada

sus rústicos obeliscos.

Las graves penas y leyes,

que con públicos editos

declararon que ninguno

entrase a un vedado sitio

del monte, se ocasionaron

de las causas que os he dicho.

Allí Segismundo vive

mísero, pobre y cautivo,

adonde solo Clotaldo

le ha hablado, tratado y visto.

Éste le ha enseñado ciencias;

éste en la ley le ha instrüido

católica, siendo solo

de sus miserias testigo.

Aquí hay tres cosas: la una

que yo, Polonia, os estimo

tanto que os quiero librar

de la opresión y servicio

de un rey tirano, porque

no fuera señor benigno

el que a su patria y su imperio

pusiera en tanto peligro.

La otra es considerar

que si a mi sangre le quito

el derecho que le dieron

humano fuero y divino,

no es cristiana caridad;

pues ninguna ley ha dicho

que por reservar yo a otro

de tirano y de atrevido,

pueda yo serlo, supuesto

que si es tirano mi hijo,

porque él delitos no haga,

vengo yo a hacer los delitos.

Es la última y tercera

el ver cuánto yerro ha sido

dar crédito fácilmente

a los sucesos previstos;

pues aunque su inclinación

le dicte sus precipicios,

quizá no le vencerán,

porque el hado más esquivo,

la inclinación más violenta,

el planeta más impío,

sólo el albedrío inclinan,

no fuerzan el albedrío. Y así,

entre una y otra causa

vacilante y discursivo,

previne un remedio tal

que os suspenda los sentidos.

Yo he de ponerle mañana

sin que él sepa que es mi hijo

y rey vuestro, a Segismundo

(que aqueste su nombre ha sido)

en mi dosel, en mi silla,

y, en fin, en el lugar mío,

donde os gobierne y os mande,

y donde todos rendidos

la obediencia le juréis;

pues con aquesto consigo

tres cosas, con que respondo

a las otras tres que he dicho.

Es la primera, que siendo

prudente, cuerdo y benigno,

desmintiendo en todo al hado

que dél tantas cosas dijo,

gozaréis el natural

príncipe vuestro, que ha sido

cortesano de unos montes,

y de sus fieras vecino.

Es la segunda, que si él,

soberbio, osado, atrevido

y crüel, con rienda suelta

corre el campo de sus vicios,

habré yo piadoso entonces

con mi obligación cumplido;

y luego en desposeerle

haré como rey invicto,

siendo el volverle a la cárcel

no crueldad, sino castigo.

Es la tercera, que siendo

el príncipe como os digo,

por lo que os amo, vasallos,

os daré reyes más dignos

de la corona y el cetro,

pues serán mis dos sobrinos;

juntando en uno el derecho

de los dos, y convenidos

con la fe del matrimonio

tendrán lo que han merecido.

Esto como rey os mando,

esto como padre os pido,

esto como sabio os ruego,

esto como anciano os digo;

y si el Séneca español

que era humilde esclavo, dijo,

de su república un rey,

como esclavo os lo suplico.

ASTOLFO

Si a mí el responder me toca,

como el que en efeto ha sido

aquí el más interesado,

en nombre de todos digo

que Segismundo parezca

pues le basta ser tu hijo.

TODOS

Danos al príncipe nuestro,

que ya por rey le pedimos.

BASILIO

Vasallos, esa fineza

os agradezco y estimo.

Acompañad a sus cuartos

a los dos atlantes míos,

que mañana le veréis.

TODOS

¡Viva el grande rey Basilio!

(Éntranse todos.)

(Antes que se entre el REY salen CLOTALDO, ROSAURA y CLARÍN, y [CLOTALDO] detiene al REY.)

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