La vida es sueño, por Pedro Calderón de la Barca

Jornada tercera

Escena X

(Sale ROSAURA, con vaquero, espada y daga.)

ROSAURA

Generoso Segismundo,

cuya majestad heroica

sale al día de sus hechos

de la noche de sus sombras;

y como el mayor planeta

que en los brazos de la aurora

se restituye luciente

a las flores y a las rosas,

y sobre mares y montes,

cuando coronado asoma,

luz esparce, rayos brilla,

cumbres baña, espumas borda;

así amanezcas al mundo,

luciente sol de Polonia,

que a una mujer infelice,

que hoy a tus plantas se arroja,

ampares por ser mujer

y desdichada, dos cosas

que, para obligar a un hombre

que de valiente blasona,

cualquiera de las dos basta,

de las dos cualquiera sobra.

Tres veces son las que ya

me admiras, tres las que ignoras

quién soy, pues las tres me has visto

en diverso traje y forma.

La primera me creíste

varón, en la rigurosa

prisión, donde fue tu vida

de mis desdichas lisonja.

La segunda me admiraste

mujer, cuando fue la pompa

de tu majestad un sueño,

una fantasma, una sombra.

La tercera es hoy, que siendo

monstruo de una especie y otra,

entre galas de mujer

armas de varón me adornan.

Y porque compadecido

mejor mi amparo dispongas,

es bien que de mis sucesos

trágicas fortunas oigas.

De noble madre nací

en la corte de Moscovia,

que, según fue desdichada,

debió de ser muy hermosa.

En ésta puso los ojos

un traidor, que no le nombra

mi voz por no conocerle,

de cuyo valor me informa

el mío; pues siendo objeto

de su idea, siento agora

no haber nacido gentil,

para persuadirme loca,

a que fue algún dios de aquellos

que en metamorfosis lloran,

lluvia de oro, cisne y toro,

Dánae, Leda y Europa.

Cuando pensé que alargaba,

citando aleves historias,

el discurso, hallo que en él

te he dicho en razones pocas

que mi madre, persuadida

a finezas amorosas,

fue como ninguna bella,

y fue infeliz como todas.

Aquella necia disculpa

de fe y palabra de esposa

la alcanza tanto que aun hoy

el pensamiento la cobra,

habiendo sido un tirano

tan Eneas de su honra

que la dejó hasta la espada.

Enváinese aquí su hoja,

que yo la desnudaré

antes que acabe la historia.

Deste, pues, mal dado nudo

que ni ata ni aprisiona,

o matrimonio o delito,

si bien todo es una cosa,

nací yo tan parecida,

que fui un retrato, una copia,

ya que en la hermosura no,

en la dicha y en las obras;

y así no habré menester

decir que, poco dichosa

heredera de fortunas,

corrí con ella una propia.

Lo más que podré decirte

de mí es el dueño que roba

los trofeos de mi honor,

los despojos de mi honra.

Astolfo... ¡Ay de mí!, al nombrarle

se encoleriza y se enoja

el corazón, propio efeto

de que enemigo se nombra.

Astolfo fue el dueño ingrato

que olvidado de las glorias

(porque en un pasado amor

se olvida hasta la memoria),

vino a Polonia, llamado

de su conquista famosa,

a casarse con Estrella,

que fue de mi ocaso antorcha.

¿Quién creerá que, habiendo sido

una Estrella quien conforma

dos amantes, sea una Estrella

la que los divida agora?

Yo ofendida, yo burlada,

quedé triste, quedé loca,

quedé muerta, quedé yo,

que es decir que quedó toda

la confusión del infierno

cifrada en mi Babilonia;

y declarándome muda

(porque hay penas y congojas

que las dicen los afectos

mucho mejor que la boca)

dije mis penas callando,

hasta que una vez a solas

Violante mi madre ¡ay cielos!

rompió la prisión, y en tropa

del pecho salieron juntas,

tropezando unas con otras.

No me embaracé en decirlas;

que en sabiendo una persona

que a quien sus flaquezas cuenta

ha sido cómplice en otras,

parece que ya le hace

la salva y le desahoga;

que a veces el mal ejemplo

sirve de algo. En fin, piadosa

oyó mis quejas, y quiso

consolarme con las propias.

Juez que ha sido delincuente,

¡qué fácilmente perdona!

Y escarmentando en sí misma

(que por dejar a la ociosa

libertad, al tiempo fácil

el remedio de su honra,

no le tuvo en mis desdichas),

por mejor consejo toma

que le siga y que le obligue,

con finezas prodigiosas,

a la deuda de mi honor;

y para que a menos costa

fuese, quiso mi fortuna

q[ue] en traje de hombre me ponga.

Descolgó una antigua espada

que es ésta que ciño. Agora

es tiempo que se desnude,

como prometí, la hoja,

pues confiada en sus señas

me dijo: «Parte a Polonia,

y procura que te vean

ese acero que te adorna

los más nobles; que en alguno

podrá ser que hallen piadosa

acogida tus fortunas

y consuelo tus congojas.»

Llegué a Polonia en efeto.

Pasemos, pues que no importa

el decirlo, y ya se sabe

que un bruto que se desboca

me llevó a tu cueva, adonde

tú de mirarme te asombras.

Pasemos que allí Clotaldo

de mi parte se apasiona,

que pide mi vida al Rey,

que el Rey mi vida le otorga,

que informado de quién soy,

me persuade a que me ponga

mi propio traje, y que sirva

a Estrella, donde ingeniosa

estorbé el amor de Astolfo

y el ser Estrella su esposa.

Pasemos que aquí me viste

otra vez confuso, y otra

con el traje de mujer

confundiste entrambas formas;

y vamos a que Clotaldo,

persuadido a que le importa

que se casen y que reinen

Astolfo y Estrella hermosa,

contra mi honor me aconseja

que la pretensión disponga.

Yo, viendo que tú, ¡oh valiente

Segismundo!, a quien hoy toca

la venganza, pues el cielo

quiere que la cárcel rompas

desa rústica prisión,

donde ha sido tu persona

al sentimiento una fiera,

al sufrimiento una roca,

las armas contra tu patria

y contra tu padre tomas,

vengo a ayudarte, mezclando

entre las galas costosas

de Dïana, los arneses

de Palas, vistiendo agora

ya la tela y ya el acero,

q[ue] entrambos juntos me adornan.

Ea, pues, fuerte caudillo,

a los dos juntos importa

impedir y deshacer

estas concertadas bodas;

a mí porque no se case

el que mi esposo se nombra,

y a ti porque, estando juntos

sus dos estados, no pongan

con más poder y más fuerza

en duda nuestra vitoria.

Mujer, vengo a persuadirte

el remedio de mi honra,

y varón, vengo a alentarte

a que cobres tu corona.

Mujer, vengo a enternecerte

cuando a tus plantas me ponga,

y varón, vengo a servirte

cuando a tus gentes socorra.

Mujer, vengo a que me valgas

en mi agravio y mi congoja,

y varón, vengo a valerte

con mi acero y mi persona.

Y así piensa que si hoy

como a mujer me enamoras,

como varón te daré

la muerte en defensa honrosa

de mi honor; porque he de ser,

en su conquista, amorosa,

mujer para darte quejas,

varón para ganar honras.

SEGISMUNDO (Aparte.

Cielos, si es verdad que sueño,

suspendedme la memoria,

que no es posible que quepan

en un sueño tantas cosas.

¡Válgame Dios! ¡Quién supiera

o saber salir de todas,

o no pensar en ninguna!

¿Quién vio penas tan dudosas?

Si soñé aquella grandeza

en que me vi, ¿cómo agora

esta mujer me refiere

unas señas tan notorias?

Luego fue verdad, no sueño;

y si fue verdad, que es otra

confusión y no menor,

¿cómo mi vida le nombra

sueño? Pues ¿tan parecidas

a los sueños son las glorias

que las verdaderas son

tenidas por mentirosas,

y las fingidas por ciertas?

¿Tan poco hay de unas a otras

que hay cuestión sobre saber

si lo que se ve y se goza

es mentira o es verdad?

¿Tan semejante es la copia

al original que hay duda

en saber si es ella propia?

Pues si es así, y ha de verse

desvanecida entre sombras

la grandeza y el poder,

la majestad y la pompa,

sepamos aprovechar

este rato que nos toca,

pues sólo se goza en ella

lo que entre sueños se goza.

Rosaura está en mi poder,

su hermosura el alma adora.

Gocemos, pues, la ocasión;

el amor las leyes rompa

del valor y confianza

con que a mis plantas se postra.

Esto es sueño; y pues lo es,

soñemos dichas agora,

que después serán pesares.

Mas con mis razones propias

vuelvo a convencerme a mí.

Si es sueño, si es vanagloria,

¿quién por vanagloria humana

pierde una divina gloria?

¿Qué pasado bien no es sueño?

¿Quién tuvo dichas heroicas

que entre sí no diga, cuando

las revuelve en su memoria:

«sin duda que fue soñado

cuanto vi»? Pues si esto toca

mi desengaño, si sé

que es el gusto llama hermosa

que le convierte en cenizas

cualquiera viento que sopla,

acudamos a lo eterno;

que es la fama vividora,

donde ni duermen las dichas,

ni las grandezas reposan.

Rosaura está sin honor;

más a un príncipe le toca

el dar honor que quitarle.

¡Vive Dios! que de su honra

he de ser conquistador

antes que de mi corona.

Huyamos de la ocasión,

que es muy fuerte). ¡Al arma toca,

que hoy he de dar la batalla,

antes que las negras sombras

sepulten los rayos de oro

entre verdinegras ondas!

ROSAURA

Señor, ¿pues así te ausentas?

¿Pues ni una palabra sola

no te debe mi cuidado,

no merece mi congoja?

¿Cómo es posible, señor,

que ni me mires ni oigas?

¿Aun no me vuelves el rostro?

SEGISMUNDO

Rosaura, al honor le importa

por ser piadoso contigo,

ser cruel contigo agora.

No te responde mi voz,

porque mi honor te responda;

no te hablo, porque quiero

que te hablen por mí mis obras;

ni te miro, porque es fuerza,

en pena tan rigurosa,

que no mire tu hermosura

quien ha de mirar tu honra.

(Vanse.)

ROSAURA (Aparte.)

¿Qué enigmas, cielos, son éstas?

Después de tanto pesar,

¡aún me queda que dudar

con equívocas respuestas!

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