Peregrinación de Luz del Día, por Juan Bautista Alberdi

Estudio crítico, por Martín García Mérou

Los grandes autores son, generalmente, detestables críticos de sus obras. Alberdi parece una excepción a esta regla, al calificar con notable exactitud la Peregrinación de Luz del Día: "Es casi una historia por lo verosímil, es casi un libro de política y de filosofía moral por lo conceptuoso, es casi un libro de política y de mundo por sus máximas y observaciones; pero, seguramente, no es más que un cuento fantástico, aunque menos fantástico que los de Hoffmann". El error de Alberdi se encuentra, tal vez, en esta última afirmación. "Luz del Día" produce una impresión semejante a la de Las cartas persas de Montesquieu, el Cándido de Voltaire y los Viajes de Gulliver de Swift. Es la obra de un filósofo humorista, repleta de observaciones profundas, de golpes de vista originales, de detalles admirables, resaltantes sobre todo por el amor a la paradoja. Es, además, un libro sarcástico, un libro de premisas, una serie de dudas y de teoremas cuya resolución queda planteada de tal manera que no es difícil hallar el Edipo que los descifre. Su escepticismo podía adoptar por lema el "¿que sais je?" de Montaigne. Los que busquen en él una obra "con clave", perderán su tiempo y su trabajo. Si contiene alusiones, como es indudable en algunos pasajes, ellas están acolchadas, disfrazadas, ocultas de tal manera, que es imposible descubrir su alcance y su intención. El carácter suave y mesurado de Alberdi, el perfecto equilibrio de sus facultades, se revela una vez más en este estudio. Poned esta arma en manos de un temperamento irritable, exaltado y rencoroso, y asistiréis a ejecuciones sangrientas, a sátiras terribles, a venganzas dolorosas, a duelos implacables, a duelos implacables como el que recuerda la historia literaria entre Voltaire y Rousseau. Empleada por Alberdi, se diría que su filo se encuentra deliberadamente mellado y que es inhábil para producir heridas mortales. Esta preocupación de imparcialidad y esta abstención voluntaria de personalismo, hace oscuros algunos de los episodios de "Luz del Día", pero, en cambio, le da un tono de prescidencia y de elevación filosófica que no es posible dejar de reconocer. Así, la crítica contenida en el brillante cuento, sale de las fronteras de la patria hasta poder aplicarse en sus grandes lineamientos a la sociedad moderna en general, dominada por los hábiles secuaces de la poderosa rival de "Luz del Día".

"Luz del Día" es el nombre con que, cansada de vivir en Europa, la Verdad viaja de incógnito por América. En esta rápida excursión, según Alberdi, pasa por numerosas aventuras y tiene ocasión de hacer experimentos, estudios de "zoología moral" sobre la sociedad del nuevo continente. Taine, en el prefacioo de su libro sobre el gobierno revolucionario (1), emplea la misma expresión y escribe también para los "naturalistas del espíritu", apasionados del texto y del documento humano. El parentesco intelectual entre estos dos espíritus eminentes resalta a la distancia por el valor psicológico de sus estudios, por la implacable severidad de sus juicios y la médula doctrinaria que vivifica su pensamiento. "Luz del Día" se encuentra atosigada en medio de un mundo de generaciones formadas en los moldes de Tartufo, de Gil Blas, de Basilio, y, para huir de la sociedad de estos honorables miembros de la "haute fion" europea, hace sus maletas y se decide a cruzar el océano. ¿Necesitamos decir que su viaje es inútil, por haberla precedido los seres de quienes huye y que encuentra rodeados de respeto y ocupando altas posiciones en Sud América?

El señor Tartufo, sin embargo, no es nuestro viejo conocido, presentado por Molière, tapando con un pañuelo el seno de Dorina y palpando la tela del vestido de Elmira. No es el amigo de Madame Pernelle y de Orgon, el pobre y santo hombre dibujado por Gautier con aspecto agradable, tez fresca, oreja roja, manos bellas y carnosas, un pequeño principio de gordura devota, cuidadoso de su persona, vestido de paños finos y abrigados, pero de colores poco visibles que recuerdan la gravedad de un director de conciencias. A pesar de tener muchos de sus rasgos, tampoco es el Onufrio de La Bruyère, que "no posee por todo lecho sino una gualdrapa de sarga gris, pero se acuesta sobre el algodón y la pluma..." No dice: "mi cilicio y mi disciplina"; por el contrario, pasaría por lo que es, por un hipócrita; es verdad que hace de manera que se crea, sin que él lo diga, que lleva un cilicio y que se da disciplina; hay algunos libros esparcidos en su cuarto, indiferentemente; abridlos: son el Combate Espiritual,El cristiano interior y el Año santo; otros libros están bajo llave. Si entra en una iglesia, observa primeramente de quién puede ser visto, y según el descubrimiento que acaba de hacer, se arrodilla y reza, o no piensa ni en arrodillarse ni en rezar; si se acerca a él un hombre de bien y de autoridad que puede oírlo, no solamente reza, sino medita, arroja ayes y suspiros; si el hombre de bien se retira, al verlo partir, se apacigua y no chista..." (2). El Tartufo, a quien conce Luz del Día, es "un gran partidario de la educación y de la inmigracióin europea", se viste con una blusa garibaldina y un casquete rojo; no va a misa, no lleva rosario, ni se confiesa a menudo; cuando el rey de prusia, Napoleón III y todos los soberanos del mundo cambian sus armamentos y reforman su estrategia, ¿conservaría acaso sus armamentos de tres siglos atrás? La libertad, el progreso, la educación, son "sus fusiles de aguja, sus cañones de acero, sus 'chassepot', sus balas explosivas". "Su palabra de orden, su divisa, su consigna de guerra, es :¡muera Tartufo!"

Don Basilio de Sevilla ha sufrido una metamorfosis semejante. Aquella grotesca silueta que, como una sombra chinesca, proyecta en la comedia de Beaumarchais y en la ópera de Rossini sus alas de murciélago, su anguloso cuerpo de langosta y el negro espolón de su sombrero de teja, ha sido constituida por un "bon vivant" glotón y con pretensiones de frivolidad elegante. Le quedan sus armas perfeccionadas, la calumnia y la intriga, amenizadas con un caudal inagotable de cinismo y una dosis aterradora de audacia. Sus medios de hostilizar son los mismos que sirven a otros para hacer el bien. "Ellos, él mismo lo confiesa, son mi secreto, y este secreto consiste más que en los medios mismos, en la manera de emplearlos. Los medios son conocidos y comunes; la manera de emplearlos, es invención que me pertenece. La amistad, v.g., en manos vulgares, es una afección benevolente; en las mías es al contrario: un arma de guerra. Yo me sirvo de la amistad para destuir, del amor para sacrificar, de los besos para envenenar, de mis abrazos para reventar a un hombre en forma de cariño, de las dádivas para empobrecer a los degraciados, de los honores para deshonrar". Su arena de combate es la prensa, la diplomacia, la vida política y la vida social. Es un digno amigo de Gil Blas de Santillana, emigrado también en América y olvidado de la cueva del capitán Rolando, de las homilías del prelado de Granada y la sociedad de los cómicos de su tiempo. A pesar de todo, su origen lo marca con un sello de bajeza y servilismo que se perpetúa en su carácter a despecho del cambio de clima y de costumbres. Trasplantado a un suelo virgen, ha llegado a él "amaestrado en toda clase de maniobras, hecho a los encorvamientos, deshuesado de todo principio y de toda rectitud." Ha elegido para su travesía el momento álgido de su vida en que lo retrata Paul de Saint Victor, "cuando la fortuna lo recoge, lo improvisa favorito del duque de Lerma, llevándolo a lo alto de su rueda, y figura en la actitud del Mercurio de Juan de Bolonia, con la pierna en el aire y el caduceo en la mano. El duque lo encarga de los mensajes galantes del Infante de España... Es el tesoro público el que paga sus comisiones equívocas; vende en remate las gracias y los favores, tiene tienda de privilegios; bebe el cántaro de vino hasta la hez; come en todos los pesebres de la simonía y del peculado. Su corazón se envilece en ese oficio de usurero público: la corrupción seca, particular a la vida de corte, endurece su alma; conoce sin pestañear la indigencia de sus viejos padres; reniega desfachatadamente de los amigos de su pobreza. La desgracia y la prisión le castigan un instante; pero a la primera vuelta del favor, entra arrastrándose en la domesticidad de su carácter. Uno lo vuelve a ver garabateando en el gabinete de Olivares panfletos contra su bienhechor desterrado. Con la pluma del escriba, empuña de nuevo el caduceo del rufián" (3). Con semejantes antecedentes, en América se pone al servicio del "Pueblo Soberano", a quien engaña, como en España al duque de Lerma y al obispo de Granada. Es "empresario" de elecciones, corredor de candidaturas y constructor de presidencias". Su ambición y su objeto realizado es "presidir al presidente, gobernar al gobernante, estar a los provechos sin estar a las pérdidas". El tipo ideal de su mandatario debe poseer condiciones y calidades ideales: "debe tener en apariencia, dice, todas la aptitudes del mando; pero, en realidad, debe carecer de todas, porque si una sola le acompaña, eso será lo bastante para que nunca llegue al poder. Con el exterior de un gobernante nato, debe ser más gobernable que un esclavo; debe ser un timón con el aire de un timonero; una máquina con figura de maquinista; un carnero con piel de león; un conejo con el cuero de una hiena; un bribón consumado, con el aire grave del honor hecho hombre. Debe ser un mentiroso de nacimiento y, al mismo tiempo, el flagelo de los mentirosos, para darse el aire de odiar a la mentira. Debe ser liviano como el corcho, si quiere ser el rey de las ondas, pues si es grave y pesado como el oro, las ondas pasarán por encima de él; las anclas son de fierro, las boyas son de corcho; aviso a los que no quieran ahogarse en el mar de la democracia. El carácter es un escollo y el vicio de decir la verdad es otro. El que ama el poder y aspira a tenerlo, debe dejarse mutilar la mano antes que abrirla, si está llena de verdades: verdad y poder son antítesis. Debe tener el talento de ocultar la verdad por la palabra y la prensa. La frase gobierna al mundo, a condición de ser vacía, porque la frase, como la tambora, hace más ruido a medida que es más hueca".

No son estos solos los emigrados que en su viaje tiene oportunidad de conocer "Luz del Día". También se encuentran en América el Cid, Pelayo, Don Quijote y su escudero. Solamente que "el Cid ha degenerado, como han degenerado todas las especies emigradas de la Europa, desde la especie humana hasta la especie bovina; desde Don Quijote hasta su rocinante; desde Sancho hasta su jumento". Alberdi añade que el amante de Dulcinea, "sin dejar de ser siempre el mismo loco, en América se ha vuelto un loco pillo, un loco espculador". En cuanto a Sancho "es indudable que ha ganado y es más feliz que su amo; lo pasa mejor y tiene mayor aceptación; sus cualidades son más americanas, por decirlo así, en el sentido que son más democráticas". Finalmente, la extraña sociedad en que se encuentra "Luz del Día" se completa con Fígaro, "cuya Rosina americana es la libertad en pupilaje". En América ha adoptado varios disfraces, que todos pertenecen a la política; "los principales son: de escritor, publicista, diputado, orador, hasta soldado, hasta médico, hasta clérigo". Añadamos que es el "esprit fort" del libro de Alberdi y el que franquea a "Luz del Día" la entrada a los entretelones de la vida americana, que él conoce en todas sus intimidades y secretos.

Fígaro aconseja a "Luz del Día" que dé una conferencia sobre la libertad y el gobierno libre en Sud América. Es con ese objeto que le explica la organización de "Quijotanía". La sátira penetra aquí en el pleno dominio de la utopía. Aquel pueblo artificialmente creado, compuesto de carneros, vacas y caballos, dirigido por un discípulo de Darwin, fanático del Origen de las especies, y esperanzado en que la selección natural, en un tiempo más o menos remoto, convertirá en seres racionales a los cuadrúpedos de su estancia, transformada en estado independiente, es para nosotros la imagen de alguna de esas secciones de la América en que el pueblo, inculto e indiferente, es incapaz para el ejercicio de la libertad política e inhábil para el conocimiento y la defensa de sus derechos. ¿Es ése realmente el segundo sentido que encierra aquel ensayo de colonización socialista? Creemos que sí y admiramos la profundidad del apólogo, que evita caer en el ataque personal y se mantiene siempre en una esfera de elevación filosófica, que hace más resaltantes sus conclusiones. La tierra fantástica de "Quijotanía" hace juego con esas admirables creaciones de Swift que empiezan en Liliput y concluyen en el país de los Houyhuhums, pasando de lo pequeño a lo monstruoso y flagelando todas las miserias de su época, que no son, después de todo, sino miserias humanas. La libertad de "Quijotanía", la raza sobre la cual se ensayan tantas bellas teorías aprendidas en los libros de los humanitaristas y los filántropos, el Código Civil proyectado por su fundador, ¿qué son sino un espejo en que se retrata la futilidad y vano empeño de tantos políticos ideales que hacen de la ciencia una moda y quieren aplicar sus trajes cortados por una sola medida a todos los cuerpos sociales sin distinción? Ilusos o criminales, declamadores o hipócritas, Gracos o Dulcamaras, su brillante fraseología sólo sirve para engañar a los crédulos y arrastrarlos a la perdición. Abstraídos en una esfera de sueños y divagaciones de enfermo, cabalgan en el hipógrifo del Ariosto y fingen la ceguedad profética de los augures. Son los jefes de las "Quijotanías" políticas o mercantiles en que el árbol vigoroso de la libertad, atacado de raquitismo, vive en la sombra de serrallo del invernáculo. ¡Cuántas miserias ocultas en esos ensayos malogrados! ¡Qué cuadro doloroso el que estas naciones corroídas, en que una fachada opulenta esconde un edificio en ruinas y en que el aparato de la civilización sólo sirve de máscara a la decrepitud y los vicios de la decandencia! Hemos nombrado a Swift, y es necesario recurrir a él para encontrar el látigo enérgico que fustiga esas claudicaciones de la conciencia nacional, que rinde cobarde culto a a la Mentira y se jacta de una grandeza moral y una cultura ensalzada con hipócrita entusiasmo. La crítica hecha por el rey de Brobdinguac a Gulliver a propósito de las instituciones de la Gran Bretaña, es hermana gemela de la sátira de Alberdi. "Mi pequeño amigo Grildrig, le decía, habéis hecho un panegírico extraordinario de vuestro país; habéis probado muy bien que la ignorancia y el vicio son, demasiado a menudo, las calidades de un hombre de estado; que vuestras leyes son iluminadas, interpretadas y aplicadas del mejor modo del mundo por gentes que la avaricia y alianzas culpables empujan a la corrupción de las leyes más santas. Noto, en fin, entre vosotros una constitución de gobierno que, en su origen, ha sido tal vez soportable, pero el vicio y la ambición la han desfigurado completamente. Ni siquiera me parece, después de todas las pruebas que me habéis dado de un gobierno excelente, que una sola virtud sea requerida para arribar a vuestras distinciones más honorables, a vuestras dignidades más serias... ¡Ah! ¡cuánto egoísmo en vuestros senados! ¡qué nubes alrededor del trono y cuántas mentiras por todas partes! Civilizados, todo lo que queráis; pero a mis ojos no sois sino unos bárbaros. En cuanto a ti, has pasado tu vida viajando y no dudo que eres inocente de todos esos crímenes; pero, por todo lo que me has contado sin fijar tu atención y por las respuestas que te han obligado a hacer mis objeciones, estimo que la mayor parte de tus compatriotas son la peor y más perniciosa especie, y la más abyecta de todas las razas de insectos que la naturaleza ha hecho jamás arrastrarse sobre la superficie de la tierra!"

La organización de "Quijotanía", parodia de tantas otras no menos fantásticas, inspira reflexiones igualmente amargas y merece juicios igualmente severos. Aquella estancia transformada en "colonia", aquel gallego ascendido a "secretario general de Quijotanía", aquellos peones llamados "intendentes" y la población compuesta de "homo-ovejas", "homo-vacas" y "homo-caballos", forman un conjunto original que provoca las objeciones del gallego, alarmado de la pretensión de formar un estado político con animales irracionales. "¡Candoroso!, le contesta Don Quijote, y ¿tú crees que esos otros estados se componen de otra cosa que de animales?" No queremos trancribir en extenso su réplica pintoresca: basta, para nuestro objeto, entresacar de ella algunas frases culminantes: "Toda la diferencia que separa el pueblo de 'Quijotanía' de los otros pueblos cuya risa temes, es que los habitantes del nuestro son ciudadanos en forma de carneros, mientras los otros son carneros en forma de ciudadanos..." "Tanto mejor si nuestros demócratas de 'Quijotanía' no saben leer, escribir y hablar. Así ejercerán mejor su soberanía, porque se verán forzados a ejercerla por nuestro conducto, y nosotros la ejerceremos, como es natural, primero en nuestro provecho y después en el suyo... " "La Inglaterra, que es la patria de la libertad, es la patria del carnero por excelencia. Luego el carnero representa la libertad, precisamente porque es manso y desarmado; es decir porque representa la paz... " "Así como es hoy nuestro pueblo, está mejor dispuesto para el orden y progreso que lo están los estados más guerreros de la América del Sud. Más provecho hace al desarrollo de la libertad americana la mansedumbre de nuestros carneros, que todo el brío de nuestros tigres en forma de soldados".

Esta clase de máximas abundan en el episodio y forman casi por completo la trama del estilo de "Luz del día". Están mezcladas con estudios de alta política, con zarpazos de león a las preocupaciones y a los turbios manejos de que tantas veces es víctima bajo los gobiernos seudo-liberales de América el que se aparta de la recua común y se permite tener independencia de carácter y opiniones. ¿Quién mejor que Alberdi podía firmar las siguientes líneas?: "Además, nos queda otro recurso de alta política para salvar la moral de la ley, y es el de imputar al carnero algún crimen capital como 'sedición' o 'traición' para justificar su muerte necesaria. Buscaremos un buen abogado que se encargue de este ministerio o, lo que es mejor que un buen abogado, un buen pedante o pedagogo que amenice la sentencia con su erudición divertida y adormezca el pánico de los carneros que queden en capilla". Y por si esto no bastara, Alberdi pone en boca de Don Quijote la teoría de la libertad, tal como la entienden los gobiernos democráticos de que ha sido y continúa siendo víctima una gran parte de la América : "Es el más funesto abuso que puede cometer un pueblo libre, el de querer ejercer su libertad por sí mismo, en vez de hacerla ejercer por conducto de su autoridad competente. Yo comprendo que un pueblo debe tener todas las libertades, pero, naturalmente, ha de ser a condición de no ejercer ninguna por sí mismo y de entregarlas todas a su gobierno. La libertad representativa, como el gobierno representativo, significa una libertad que se ejerce por apoderado. El apoderado es libre, pero no es libre por su cuenta, sino por cuenta y en provecho del poderdante, que harto tiene con ser el dueño de la libertad que no ejerce. Así nuestro pueblo será el más libre de América, por la razón de que será el que menos se moleste en ejercer su propia libertad; el más bien educado para la libertad, por la razón de que no sabrá hablar más palabra que el 'sí' misterioso por la cual se encarna su libertad en la libertad soberana de su gobierno". Más adelante Alberdi insiste una vez más, y son esos mismos principios los que su sátira preconiza como esenciales para el ensanche y progreso de la población de "Quijotanía". "Aumentar la población es agrandar el Estado, su fuerza, su riqueza, su bienestar. Pero en un país despoblado, es sinónimo de hacerlo, de crearlo, de constituirlo. No toda población conviene a este propósito. La población es un bien cuando es un elemento de orden y de gobierno; cuando ella es al gobierno lo que los brazos y los pies son a la cabeza del cuerpo humano. El brazo que piensa, que razona, que sufraga, usurpa el rol de la cabeza, que es la capital del cuerpo humano y silla de su gobierno". En este sentido Don Quijote opinaba que, después del carnero, no había poblador más útil para un país que obedece a un gobierno libre, que el hombre salvaje. "Dotado de la misma literatura que el carnero, la cual consiste en no hablar, ni escribir, ni leer, el salvaje, como el soldado de un país libre, es esencialmente obediente: su rol de ciudadano es esencialmente pasivo. Por este modo de ser, jamás puede ofrecer obstáculo ni resistencia a las libertades del gobierno. Al contrario, un gobierno libre debe atraerlo como al inmigrado más capaz de colaborar en sus libertades, por su admirable aptitud para ejercer sus libertades de no hablar, de no escribir, de no leer, de no hacer nada sino por intermedio del gobierno, como sus conciudadanos de cuatro patas.

Así, con ligereza de espíritu y mano delicada, Alberdi va mostrando, una por una, todas las llagas que afligen a la organización política de los pueblos sudamericanos. En esta tarea demoledora, exhibe tales cualidades de ingenio y de fuerza, de "humour" y penetración punzante, que la obra de que nos ocupamos bastaría para colocarlo en el rango de los más grandes escritores que se han ensayado en el mismo género, al lado de Montesquieu, Sterne, de Voltaire y Heine, de La Bruyère y Pascal. La peregrinación de Luz del Día, como Zadig,Cándido y Micromegas, es "obra de la razón armada de espíritu, cuento para reír, cuento para pensar, cuento que encanta el corazón y apasiona la mente". De él puede decirse lo que Houssaye de los del patriarca de Ferney: "Todo está contenido allí en la escala risueña: la imaginación y la burla, la grandeza y la concisión. La sencillez se pasea completamente desnuda, pero con las manos llenas de rosas y diamantes, como la reina de Golconda. ¡Qué arte de decir y no decir y de decir demasiado!"... La fantasía de Alberdi, al desplegar sus alas brillantes, juega con todos los problemas de la democracia y agita las cuestiones más palpitantes del gobierno popular, comprendiendo como pocos sus deficiencias y sus peligros, flagelando con la causticidad de Juvenal a sus falsificadores y sus esclavos. "Luz del Día" merece ser el libro de cabecera de la juventud argentina que asiste a los múltiples ensayos de instituciones mal comprendidas o falseadas generalmente en la práctica de la vida republicana en un grado tan deplorable, que hace surgir la duda de si el mal está en los principios o en los hombres encargados de conocerlos y ejercitarlos. Allí leerá grandes y nobles verdades y se explicará la razón de ser de situaciones políticas que la conciencia nacional rechaza, pero cuya subsistencia obedece a la lógica más estricta y tiene su cuna en males conocidos y tratados hace muchos años por Alberdi. El le dirá que los gobiernos nacidos como nacen por lo general los sudamericanos, "no pueden tener límites en su autoridad, porque no hay quien se los ponga". El les demostrará que las oligarquías de falsificadores de la soberanía nacional "gobiernan, no porque son multitud, sino porque son minoría; bastándoles dilatar su círculo para perder el poder". ¿Por qué? Por el abandono de la vida cívica, la indiferencia culpable del ciudadano que vive en el absurdo de la abstención: "Las minorías son soberanas donde las mayoría son imbéciles; y las mayorías son imbéciles cuando se forman de estas dos clases de entes; los que ignoran el gobierno de sí mismos en el grado en que lo ignoran los carneros y los que sabiendo gobernarse abdican por pereza y por temor en manos de Tartufo y Cía." Y más adelante: "El correctivo del tirano que finge libertad para oprimir, es el liberal que finge sumisión para redimir. A la falsificación de la verdad, es lícito oponer la falsificación de la mentira, y sacar al país de la servidumbre por esta homeopatía de la libertad. Fígaro es el contraveneno de Basilio y de Tartufo; nace a su lado y vive a su lado por una ley previsora y preservativa de la creación. Fígaro es la disciplina amable que corrige y educa por la risa, por la risa que merecen no tanto los Tartufos y los Basilios, como lo que se dejan gobernar por Basilios y Tartufos.

La conferencia que Fígaro decide a dar a "Luz del Día", hemos dicho que versa sobre la libertad. En ella estudia ante todo por qué Sud América, después de haber conquistado la libertad exterior, no ha podido encontrar la libertad interior. Según la conferenciante, América ha errado el camino de la libertad interior, porque ha querido alcanzarla por medio de la espada, y ésta no instruye ni educa en el gobierno de sí mismo. Para "Luz del Día", después de los libertadores, son los poetas los amigos más peligrosos de la libertad de Sudamérica. El solo modo de crear el gobierno del país por el país, en que radica la libertad, consiste, según ella, "en poner al país en camino de adquirir la inteligencia y la costumbre de la libertad y de educarse por sí propio en la práctica del gobierno de sí mismo". ¿Por cuál método realizaremos este milagro? Por la inmigración de la Europa libre y civilizada, que ha educado ya a la América libre, es decir, a los Estados Unidos. Pero "Luz del Día" llega más lejos, y sostiene que la inmigracióin conveniente para la realización de estos ideales es la inmigración "sajona", poseedora de la verdadera libertad, y que, en consecuencia, Sud América debe hacerse poblar de preferencia por la Europa del norte, por la Europa del frío. "Luz del Día" señala los escollos de la libertad, pero vuelve siempre al principal de ellos que consiste en la falta de educación política: "La ignorancia del pueblo, dice, en el gobierno de sí mismo es una mina de poder para los gobernantes sin probidad, que son los negreros de sus compatriotas al favor de esa ignorancia. Es en fuerza de esa ignorancia que el pueblo cree que elige lo que sus gobernadores le hacen elegir; cree que piensa por él lo que sus gobernantes le hacen pensar; cree que por sí mismo hace todo cuanto hace, y la verdad es que nada hace, sino lo que el gobierno le hace hacer. Cree que es poseedor, y en realidad es poseído; se figura que es soberano y señor de sí mismo, y en realidad es vasallo servil de sus gobernantes. Porque su nombre y su poder son invocados en los actos de sus gobernantes, tal pueblo se considera garantido contra el despotismo, y no se apercibe de que es oprimido sin refugio, porque es oprimido con su propia soberanía y en su propio nombre, de que su tiranía es indestructible, precisamente porque es tiranizado con su propio nombre; de que su tiranía es indestructible, precisamente porque es tiranizado con su propio poder o libertad. Sólo en este sentido burlesco puede decir que se gobierna a sí mismo y que es libre un pueblo dotado de tal ignorancia. Y no es otro ni puede ser otro el modo de ser libre de los pueblos que carecen de la inteligencia, de la educación, de la costumbre de gobernarse a sí mismos, en lo cual consiste toda la libertad política".

Un distinguido literato argentino (4), al ocuparse de "Luz del Día", ha escrito las siguientes líneas que compendian su juicio: "Todos hemos leído la novela y todos hemos admirado su colorido, su movimiento, su agudez, la profundidad de ciertas sentencias cuya paternidad no desdeñaría Séneca, el aticismo y la mordacidad de sus epigramas, su sátira tremenda y punzante contra la prensa periódica, los mil reflejos de alto ingenio con que deslumbra al lector. Pero tras de "Luz del Día" hay no sólo un artista: hay un pensador. Raras veces se unirán en un mismo hombre tantas dotes con igual intensidad. Hay también un carácter. Su pensamiento íntimo, tan adusto y mortificante como sea, estalla en palabras vibrantes que no lo atenúan sino en cuanto la cultura y el arte del estilo modifican las expresiones de franqueza del que ha quemado las naves. Así, este libro es a la vez bello, profundo y animoso". Más lejos añadirá que "Luz del Día" es un libro de ciencia positiva y militante, destinado a retemplar las fuerzas vitales de una sociedad que no muere porque acaba de nacer, pero que no se desenvuelve ni vive lozanamente por anemia congénita; niña y valetudinaria a la vez; mitad feto y mitad momia, como decía de su generación un poeta abatido por el escepticismo. El señor Estrada resume en las últimas páginas de su estudio, su impresión, definiendo a "Luz del Día": "un análisis profundo seguido por un programa trunco de renovación política y social". Alberdi, en efecto, evita penetrar en toda una serie de consideraciones de interés puramente local. Es por eso que los males que señala en América del Sud, la ignorancia de las masas populares, el triunfo insolente de la mentira, la inmoralidad y la corrupción de los intrigantes, empleados como medios de escalar el poder, son males universales que, con mayor o menor violencia, hacen sentir sus efectos sobre todos los miembros de la familia de las naciones modernas. El mismo Alberdi lo reconoce así al establecer que los "soberanos más civilizados del mundo viven en el estado de naturaleza, los unos respecto de los otros; sin autoridades ni leyes comunes: en la más soberana libertad". Don Quijote, refiriéndose a sus colegas en autoridad, apoya esta opinión con ruda franqueza: "Resolvemos nuestras contiendas a palos. El rey más civilizado de la Europa es un Calfucurá respecto del soberano vecino en cuanto a independencia de toda ley y de toda autoridad común. Damos a este régimen de cosas el nombre de "derecho de gentes", precisamente por ser la rama del derecho que más bien merece llamarse "derecho de animales". Es bueno no olvidar que Alberdi escribía esto a dos pasos de la gran capital de los pueblos, el "cerebro del mundo", como la llamaba Victor Hugo, la que, a pesar de toda su cultura y su belleza, había caído en las dragonadas del golpe de estado del 2 de diciembre y había presenciado en sus calles el fusilamiento de la justicia, efectuado por los soldados que debían mantener incólume el honor de la bandera de Austerlitz. Nada más a propósito para llevar el desencato al corazón más bien templado que la corrupción del segundo imperio y el brusco y espantoso derrumbe de Sedán. En frente de estas tragedias esquilianas, ¡qué decir de nuestra pobre América, si la más brillante nación de la Europa nos daba esos ejemplos dolorosos, hasta lavar sus afrentas en las lágrimas y en sangre de una guerra sin cuartel! Se diría que tal ha sido el secreto pensamiento de Alberdi al poner en boca del fundador de Quijotanía sus cáusticas reflexiones. "Otros patriotas, añadirá más tarde, sin ser salvajes, adoran a su patria como a su vida, por la simple razón de que viven del pan que se hacen dar por la patria. Seamos justos. ¿Qué es nuestra civilización sino la barbarie regularizada? ¿Ni qué es la barbarie sino la materia primera de que está fabricada nuestra civilización? Civilizado o bárbaro, el hombre vive del robo: toda la diferencia está en la forma del pillaje. Desnudo y desarmado, el hombre nace conquistador y usurpador por derecho. Examinad su persona de pies a cabeza: todo lo que viste es ajeno y lo tiene contra la voluntad de su dueño. No dirá él que el ternero ha consentido gustoso en que le saquen el cuero de que está formado el calzado que visten sus pies; ni el cabrito le ha regalado su propio pellejo para que vista sus manos con el guante que las abriga. La lana de que está hecho el vestido que cubre su cuerpo pertenece a los carneros, que han quedado a la intemperie para que el hombre cubra su desnudez. La seda de su corbata y de su sombrero ha sido el traje de gusanos que han quedado desnudos para que el hombre se adorne con su precioso producto. ¿De qué se alimenta el hombre más civilizado y más cristiano? De cadáveres de animales que, lejos de dañarle, han sido sus mejores servidores y amigos: las gallinas y los pichones, por ejemplo. Su mesa diaria es un anfiteatro anatómico: una carnicería hecha a sangre fría; un montón de cadáveres o de vivientes que han sido muertos para que el hombre viva, y viva bien y lo mejor posible. ¿Qué es la cama en que duerme? lana y pluma que han dejado desnudos o sin vida a sus dueños naturales". Muchos años antes, en una de esas obras admirables de que hemos hablado varias veces en las páginas anteriores, Voltaire había mostrado, en una forma no menos gráfica y brillante, la barbarie de lo que llamamos pomposamente civilización. Recordad la conversación de Micromegas con lo que él define "átomos inteligentes", y que más tarde encontrará que "siendo infinitamente pequeños, tienen un orgullo infinitamente grande". "Tenenos, dicen los filósofos al habitante de Sirio, más mateira que la que necesitamos para hacer mucho mal si el mal viene de la materia, y demasiado espíritu si el mal viene del espíritu. ¿Sabéis que a la hora en que os hablo hay cien mil locos de nuestra especie cubiertos con sombreros que matan a otros cien mil animales cubiertos con turbantes o que son pasados a cuchillos por ellos, y que esto sucede en la tierra desde tiempo inmemorial?...". Imaginad el asombro del siriano, y escuchad las explicaciones de los filósofos que "Luz del Día" tomaría por habitantes de Sud América: "Se trata de la conquista de algún montón de barro del tamaño de vuestro talón. No creáis que uno solo de esos millones de hombres que se dejan degollar pretenda una paja de ese montón de barro; no se trata sino de saber si él pertenecerá a cierto hombre que se llama sultán o a otro que se llama César. Ni el uno ni el otro ha visto ni verá jamás el pequeño rincón de tierra en litigio, y casi ninguno de esos animales que se degüellan mutuamente ha visto jamás el animal por el cual se degüella". Y no se pretenda que estos sarcasmos no son de nuestra época, porque lo desmentiría la paz armada y los ejércitos permanentes, que devoran la savia de las naciones y cobijan bajo su manto todos los errores del pauperismo y de las sectas socialistas, que fermentan como la lava de un volcán en la opresión y el misterio. En cuanto a la derrota de "Luz del Día" por Tartufo y sus secuaces, ¿es acaso una especialidad de Sud América o una dolorosa enfermedad del mundo moderno? El libro revolucionario de Max Nordau pretende lo segundo, presentando a nuestras creencias, nuestras instituciones, nuestra organización social, como un conjunto de monstruosos absurdos, un tejido de mentiras convencionales con que el hombre contemporáneo evita abordar de frente la realidad de su destino 5. Su cuadro del parlamentarismo, por ejemplo, tiene verdades innegables y ha sido sintetizado así por uno de sus críticos: "La vida política reproduce en un medio civilizado todas las estratagemas y todas las violencias de la vida salvaje. Las mayorías parlamentarias son las actuales castas dominantes; el voto, que en teoría, indica confianza en el candidato, se da en la práctica a un desconocido a quien el elector no prestaría probablemente, sin informarse antes, un utensilio de valor insignificante. Las funciones esenciales del parlamento están ejercidas exclusivamente por los jefes de partidos; las sesiones públicas de las cámaras son representaciones sin importancia, los debates influyen poco o nada en las votaciones, cuyo resultado se sabe de antemano, y la elocuencia parlamentaria, lejos de ser la palabra razonada, es una fraseología enfática y declamatoria, Rabagás es, en resumen, el tipo de hombre político". ¿Qué diremos de la mentira religiosa, la mentira monárquica y aristocrática y la mentira económica? Max Nordau las examina una por una, y aunque incurre en algunos errores de detalle, demuestra, sin embargo, una profunda observación de la vida pública de los pueblos modernos y un amor a la verdad no menos grande que el que se tiene a sí misma "Luz del Día".

Con todo, si los vicios sudamericanos que señala el cuento de Alberdi no son patrimonio exclusivo de determinados pueblos, no es menos cierto que ellos están catalogados con perspicacia y que la lectura de "Luz del Día" es sana y fortalecedora para las almas puras y los corazones patriotas. Hemos enaltecido ya la belleza de su estilo y la profundidad de sus reflexiones. Orignal y variado, sincero y elocuente, el estudio que Alberdi hace de nuestra sociabilidad lo señala como un moralista y un satírico. Por lo demás, su crítica carece de venenosa acritud y sale del tono de la recriminación vengativa para adoptar el del consejo amistoso. Sus últimos capítulos son consoladores. Demuestran que si Sud América tiene enormes defectos, también tiene grandes y generosas virtudes. En el grupo de los emigrados que "Luz del Día" conoce en su excursión, el señor Estrada ha incluido a Alceste, personificándolo en el novelista. Esta mención delicada envuelve el único reproche que puede dirigirse al que, según el mencionado autor, ha tenido la arrogancia personal incomparable de adoptar un nombre que nadie, después de Jesucristo, se ha atrevido a tomar. Hagamos nuestras las últimas palabras de su bello artículo, reconociendo que, a pesar de los admirables detalles del libro de Alberdi, "como ser humano y necesariamente falible, 'Luz del Día' dice verdades, ¡pero no es la 'Verdad'!".

Martín García Mérou.

1 H. Taine, Les origines de la France Contemporaine. Le gouvernement révolucionnaire.

2 La Bruyère, Les caractères.

3 Paul de Saint Victor, Hommes et Dieux.

4 J. M. Estrada, "Peregrinación de Luz del Día" (examen crítico), Revista del Río de la Plata.

5 Max Nordau, "Les mensonges conventionnels de notre civilisation", traduit par A. Dietrich.

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