Peregrinación de Luz del Día, por Juan Bautista Alberdi

Primera parte

VII

Confesiones de Tartufo

-Pero observo -dijo Luz del Día- que mi presencia le tiene a usted en cama fuera de sus horas. Puede usted vestirse sin interrumpir por eso la conversación.

-¡Cómo! -exclamó Tartufo ruborizado- ¿en presencia de una dama honesta, que no es mi mujer?

-¡Siempre el mismo! -dijo Luz del Día- usted ha prometido ser sincero por un momento al menos.

-Sí; pero hay sinceridades que la Verdad misma condena.

-¡Ninguna!

-¿Por qué anda usted vestida de mujer?

-Porque soy libre de vestir de mujer o de hombre sin faltar a la verdad de mi carácter, pues yo no tengo sexo. Para mí el traje es un medio de estrategia. Lejos de ofenderme de que Tartufo se vista en mi presencia, yo haré de su "valet de chambre", y le alcanzaré sus vestidos, para hacer mejor mi estudio de su ciencia de mentira científica. ¡Vamos!, ¿dónde está la sotana o túnica negra?

-Mi sotana actual, es esa blusa garibaldina, que ruego a ud. pasarme y ese casquete rojo.

-¡Una blusa garibaldina!, ¡un casquete rojo! ¡Pues qué! ¿ha dejado usted de ser Tartufo? -exclama Luz del Día.

-Es porque lo soy más que nunca, que llevo esos vestidos del sacerdote armado de la libertad republicana. Yo sería un imbécil en pretender ocultarme hoy día con disfraces religiosos. Para hacerme conocer de todo el mundo, no necesitaría sino tomar mi traje del siglo XVII, ir a misa, llevar rosario, confesarme a menudo. Todo eso es de la táctica vieja y abandonada. Yo visto hoy día las armas del siglo en que vivo. Cuando el rey de Prusia, Napoleón III y todos los soberanos del mundo cambian sus armamentos y reforman su estrategia, ¿conservaría yo mis armamentos de tres siglos atrás? "La libertad, el progreso, la educación, la civilización" como yo los tomo y practico, son "mi fusil de aguja, mi cañón de acero, mi Chassepot, mis balas explosivas". Y mi palabra de orden, mi divisa, mi consigna de guerra, es: "¡Muera Tartufo!"

-Por este medio -dice Luz del Día- la Mentira y la Verdad hablamos el mismo lenguaje, vestimos el mismo traje, tenemos las mismas apariencias. Es al menos un homenaje que la Mentira rinde a nuestro poder.

-Con esta diferencia -dice Tartufo-, que yo puedo mucho contra la Verdad misma, sin que ella pueda nada contra mí. Yo puedo calumniarla, y todos me creen, porque todos la aborrecen, a causa de que todos adolecen de algún achaque moral, cuya revelación temida es la razón de su odio. La Verdad puede delatarme sin que nadie se lo crea, porque todos defienden en mí su propio modo de ser confortable y útil de que yo doy el ejemplo y soy la "personificación".

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