Peregrinación de Luz del Día, por Juan Bautista Alberdi

Primera parte

XL

Luz del Día es puesta en libertad por los mismos que la han encarcelado

Al día siguiente fue prevenida Luz del Día, que dos caballeros solicitaban verla.

-¿Quiénes pueden ser? Yo soy desconocida en este país. Serán más bien empleados de la justicia -pensó Luz del Día.

Salió a recibirlos y se encontró nada menos que con Basilio, que venía acompañado de Gil Blas, cuya aparición la consternó más que si fueran dos verdugos, porque temió que semejantes visitas bastasen para justificar todo lo malo que de ella pudiera sospecharse.

Basilio la expresó desde luego su pesar y sorpresa con que había sabido por su amigo Gil Blas, la desgracia de que era víctima. Que convencido de que no podía tener por causa sino un grande error se había dirigido a la Justicia criminal para abonar por su persona y su inocencia, con la garantía de su cabeza; que cabalmente en ese momento llegaba un oficial, que venía de visitar su habitación y su baúl, en el cual habían encontrado un billete de cien francos del "Banco de Francia", con una carta anónima que alguna persona celosa decía haber sustituido por el billete falso, con el fin de comprometer a la linda y envidiada extranjera. Que en vista de esto había conseguido el decreto de su libertad y tenía el placer de traerlo consigo, con un oficio dirigido al alcalde de la cárcel, para dar cumplimiento al decreto.

Entre dejar a sus nobles compañeras de prisión y salir en libertad bajo los auspicios de dos salteadores, la pobre Luz del Día bastante vaciló, pero al fin se resignó a gozar de su repugnante libertad, que en su conciencia imperturbable, no valía más que la prisión en que había encontrado las primeras relaciones honestas.

Acompañada hasta su hotel por Gil Blas y por Basilio, no se despidió este último sin hacerla la sorprendente revelación que sigue:

-No se afane usted Señora, en darme gracias por haberla sacado de la cárcel, porque no ha sido otro el que la ha puesto en ella, que yo mismo. Por una mano indigna, hice cambiar el billete verdadero de cien francos, que tenía usted en su cartera, por otro falso, creyendo que esa intriga no tendría más efecto, que darle un chasco más o menos pesado pero nunca del carácter del que ha ocurrido. Yo espero que usted admitirá mi derecho a usar de esta represalia contra la burla de que usted me hizo objeto en la comida tenida en casa de Tartufo. Para desvanecer la mala impresión que en el público ha podido hacer la escena de su traslación a la cárcel, he solicitado elconcurso de mi honorable amigo el señor Gil Blas, para servirla ambos públicamente de respetuoso cortejo, con lo cual estoy cierto se habrá compensado cualquiera mala impresión en el público, con respecto a la honorabilidad de usted.

Luz del Día, que había recelado recibir de su libertad, debida a tales libertadores, más deshonor que de su prisión en compañía de tales prisioneras, fluctuó entre reírse de indignación, o llorar la desgracia de verse en América expuesta a tales humillaciones.

-Por más que usted diga -contestó Luz del Día a Don Basilio-, yo no puedo dejar de estar reconocida por el servicio que le debo, pues si no me asombro de que sea él quien me ha puesto en la cárcel, tengo el derecho de admirar que sea él quien me ha puesto en libertad. Al menos se ha mostrado mil veces más honrado en esto último, que los que tienen en prisión hace años a la Justicia y a la Libertad; probablemente por alguna estrategema como la empleada a mi respecto, sin que por esto pretenda yo atribuir a usted mismo esta obra.

-Ciertamente que no es mi obra -dice Basilio- pues para hacer prisiones de esa importancia, sólo el Gobierno tiene bastante autoridad y fuerza.

-Pero no se aflija la señora Luz del Día -observó Gil Blas-; esas personas están tan acostumbradas a vivir en la cárcel, que ya son felices de verse allí; allí a lo menos viven tranquilas y respetadas, pues cuando andan sueltas, su vida es un tejido de aventuras, tumultos, escándalos y peligros.

-¿Y que interés puede tener el Gobierno en prolongar por años su prisión? -pregunta Luz del Día.

-Se dice -responde Gil Blas-, que cuando están sueltas, el Gobierno no puede gobernar. La señora Libertad tiene la manía de mezclarse en todo, y la insolencia de querer tomar parte en las medidas del Gobierno, metiéndose a discutirlas, a contradecirlas y a veces a ridiculizarlas. La señora Justicia tiene otra manía más ridícula, y es la de quitarle al Gobierno sus hombres más útiles, sus empleados más leales para mandarlos a los presidios, so pretexto de alguno que otro robo o asesinato insignificante, generalmente cometido contra enemigos del Gobierno, y las más veces en su servicio mismo. Ante esa conducta no le queda al Gobierno otro medio de mantener el orden, que tenerlas en la cárcel por orden permanente.

-Ya veo- dice Luz del Día-, que el Gobierno interior, es como el Gobierno exterior o su diplomacia, que me ha explicado el señor Basilio, en otra parte. Recuerdo haberle oído que también hacía presidentes y diputados, corno hacía diplomáticos. Yo tendré tal vez que agradecerle otra conferencia confidencial sobre esta última industria de hacer presidentes.

-En este punto- respondió Basilio-, yo cederé mi puesto a mi amigo Gil Blas, que lo posee mejor que yo, y tendrá mucho gusto en exponerlo a la señora. Mi especialidad es la diplomacia y sus misiones secretas y subterráneas. El señor Gil Blas sabe ya quién es usted, y yo sé que nada le será más agradable que poner a su servicio la grande respetabilidad de que disfruta en Sud-América, y el auxilio de sus vastos conocimientos en materia de política interior, práctica y positiva. El da poco su tiempo a las teorías y principios. Si va a la biblioteca, es para leer las causas de los criminales célebres, y las vidas y aventuras de otros caballeros de su clase, en que abundan las literaturas españolas, madre e hija, expresiones ambas de ambas sociedades.

Gil Blas significa por una reverencia muda su absoluto y completo asentimiento, y promete una visita a Luz del Día para uno de estos días.

-Vaya otra relación importante y honorable la que acabo de adquirir -exclama en voz baja Luz del Día-, era la que me faltaba cabalmente, para acabar de establecer mi reputación de persona honrada, en este país.

Gil Blas que llegó a oír esta murmuración, la dijo en seguida:

-No se equivoque usted señora, en la idea que se forma de su propio valor. Si no quiere usted ser tenida en estos países como la mentira en persona, trate de aceptar el apoyo de mi prestigio, y el auxilio de mis consejos.

-¡Es decir, que si quiero ser tenida por 1o que soy, debo parecer lo que no soy; y para ser reconocida como la Verdad, necesito ser la Mentira! -dice irónicamente Luz del Día.

-Por absurdo que eso le parezca, esa es la realidad de la vida que aquí hacemos. Yo que conozco a usted, tengo por su persona el respeto que se merece; pero aquí nadie la conoce; y lo que es peor, usted no necesitaría sino darse a conocer, para perderse, no por razón de ser usted la Verdad, sino porque no la creerían tal; la tomarían por loca y en cada palabra de genuina verdad que saliese de su boca, verían la confirmación de su locura. Yo podría ganar con su relación de usted, si usted adoptase mis máximas; pero con toda la importancia que aquí me dan mis antecedentes, no necesitaría yo sino aceptar las suyas para perderme a los ojos del país. El mundo está aquí arreglado de tal modo, que hasta para decir la verdad, es preciso mentir; hasta para ser tenido por bueno, es preciso hacer maldades y no hay más medio de salvar su honor, que hacerse pícaro. Yo siento valerme de una dura expresión para hacerme entender mejor de usted; pero necesito decirla que lejos de tenerla envidia y temor por ser usted la Verdad, yo la tengo a usted lástima; y no me tome usted por necio si la digo, que yo valgo aquí en influjo diez veces más que usted. Si usted es la "verdad", nosotros somos la "realidad"; si usted es el "derecho" nosotros somos el "hecho"; si usted es la "idea", nosotros somos la "vida". Conténtese usted con saber que la Verdad es reconocida como reina del mundo, aunque en el hecho se tome por la Verdad, lo que en realidad es la Mentira. ¿Sabe usted a qué título soy aquí universalmente respetado? Como el representante de la Verdad. Y ¿sabe usted cómo lo he conquistado? A fuerza de no respetarla ni decirla un solo día.

-Pero ¿quién ha formado así este mundo? -pregunta Luz del Día.

-Los mundos se forman por sí mismos, como los ríos y los mares, pero su corriente natural arrastra los hombres y las cosas, como las corrientes del Paraná arrebatan a la floresta sus más gruesos árboles y los llevan en sus espaldas como fugaces pajas. Su corriente nos ha traído de la Europa de ayer y nos ha dado el dominio de este nuevo mundo a la moda, en que gobernamos a fuerza de dejarnos gobernar. He prolongado esta especie de profesión de fe, para calmar cualquier escrúpulo que pudiera usted tener en aceptar mi contacto y mi amistad, que tengo el honor de poner al servicio de la señora Luz del Día.

-Al menos Gil Blas, aunque bandido, tiene las forma agradables de un caballero y en esto vale más que Basilio -se dijo a sí misma Luz del Día aceptando las civilidades sinceras o mentidas de sus libertadores, que la habían encarcelado por hacerla el servicio de libertarla. Se encerró en su cuarto, después de saludarlos.

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