Peregrinación de Luz del Día, por Juan Bautista Alberdi

Primera parte

XXXIII

Reglas de Basilio para conservar una Legación

"Aunque el diplomático, prosigue Basilio, aparezca estar acreditado cercadel gobierno del país extranjero en que reside, no debe olvidar que en realidad está 'instituido' si no 'acreditado', cerca de los porteros, de los criados, de los escribientes, de los cajistas de imprenta, de los caballeros que explotan la enseñanza a domicilio, de las cortesanas y sus procuradoras; en fin, de su atento y seguro servidor 'Don Basilio de Sevilla' y sus mil vicarios delegados como 'adlatere' en todas las legaciones de su hechura".

El lector notará que ésta es la primera vez que Basilio deja caer su nombre en esta conversación, por un descuido propio de la mesa en que abundan los vinos exquisitos.

"Conocer condes, marqueses, generales y personajes eminentes de la sociedad en que está acreditado el diplomático, prosigue Basilio, puede ser agradable y curioso; pero eso nada interesa al objeto de su misión, que es conservar el empleo. Para esto son más eficaces otras relaciones y son las del mundo subterráneo, que es mi mundo favorito, dice Basilio. Quien dice 'subterráneo' no dice bajo y despreciable, agrega Basilio con cierta vanidad. El oro, la plata, el diamante, la perla, el coral son cosas subterráneas y submarinas, porque habitan las entrañas de la tierra y de la mar; y los aceros y los venenos minerales y el petróleo mismo, con que se cambia la suerte de los estados, viven también bajo la tierra.

"A semejanza de estas cosas, los verdaderos héroes, los hombres diamantes, los granos de oro, como agentes, para el diplomático que sabe servir los deseos de su Gobierno, en el interés de conservar su legación, vive también en los subterráneos de las prisiones, en las cuevas en que se han habituado a vivir, los que han habitado los calabozos. Como el carbón de piedra, con que se hacen la luz y el diamante, habita en la oscuridad de la sociedad subterránea, que la industria del diplomático sabe hacer servir a la conquista de una garantía pública por la supresión de un obstáculo nacional, es decir, de uno de esos hombres funestos, que de un momento a otro pueden llegar a ser capaces de suprimir legaciones, que cuentan lustros de provechos dados a sus jefes, sin perjuicio de los servicios hechos al prestigio del país así representado.

"No es el Gobierno del país en que está acreditado, a quien debe vigilar, espiar, estudiar el buen diplomático, porque no es ese gobierno el que puede quitarle la legación, es decir, impedirle tener éxito. Su misión es espiar, vigilar a aquellos de sus paisanos residentes en el país en que él reside, que pueden llegar a suceder un día al comitente o al comisionado, o a ser, a lo menos, un estorbo para perpetuarse en esos puestos.

"Así, la verdadera, la útil diplomacia, se resuelve en verdadera inquisición y policía política; o en otros términos más inteligibles, en espionaje sistemado. y permanente. Y así como los mejores agentes de policía se reclutan entre los delincuentes que han pagado sus condenas en los presidios, así los primeros diplomáticos se encuentran entre gentes que si no han pagado su condena, no es porque no la deban y no la merezcan. Para hacer la policía diplomáticamente, es decir, sin ser sentido, se debe hacerla por agentes ajenos a la diplomacia y a la vida oficial; por un servicio de voluntarios, que se regimenten y organicen al efecto, entre los amigos y compatriotas del ministro, que residan donde él reside. Nada más fácil y abundante que esta recluta. Donde hay cortes y legaciones más o menos brillantes, abundan los americanos pudientes. El ideal de un republicano de América, es dejar su tierra de igualdad prosaica, para habitar la brillante Europa monárquica. La misma América del Norte, muy admirada platónicamente, atrae menos a los republicanos de Sud-América, que la Europa con sus reyes y sus duques y sus nobles. El primer deseo de un republicano de Sud-América que llega a Europa, es tener el honor de ser presentado a 'Su Majestad', ver la corte. Este deseo es fomentado por el ministro mismo de la República, porque es un instrumento utilísimo en sus manos. Como ningún extranjero puede ir a la corte sin ser presentado por su ministro, no se descuida el ministro en poner un precio a ese servicio. El que quiere ir a la corte del rey tiene que empezar por hacer la corte a su propio ministro. La legación tiene su tarifa. Por cada invitación a la corte, el invitado tiene que escribir una carta a los periódicos de su país, probando que su ministro en la corte A o B, es el primer diplomático de la corte, y que si el país tuviera la desgracia de perderlo, la ruina de su diplomacia sería su consecuencia inevitable. Cada invitación del ministro para una comida o 'soirée', en su propia legación, debe ser pagada por un servicio especial a la patria, el cual consiste en hacer alguna visita a un desafecto del Gobierno, para saber qué dice de su política y de la persona del Presidente, sobre todo. El que asiste a la mesa del ministro sin llevar algo importante que decir a este respecto, come de balde su comida, y naturalmente encuentra una acogida, que sin ser descortés, es tibia y desabrida. Así es como el ministro acopia los datos de que se compone su correspondencia diplomática más importante. Seguro está que él no confiará el envío de ese tesoro a su secretario. Será la parte de su correspondencia de que se encargará él mismo o los miembros de su familia. El sabe que su presidente, o su jefe inmediato, no leerá con interés, o no leerá absolutamente el mejor memorándum sobre un interés de primer orden para el país en la adopción de tal o cual medida diplomática; pero sabe que no dejará de leer (dos o tres veces con su cinco sentidos), lo que toca a su persona de cuanto hablan y dicen sus opositores políticos que andan por el extranjero. Estos son más temidos y observados que los reyes, porque no hay riesgo de que un rey extranjero reemplace al Presidente en su silla; pero sí puede ser usurpada por algún perverso de su propio país abrigando su maldad en la oscuridad de las elecciones. No hay riesgo de que un gobierno extranjero destituya, o dé un sucesor al ministro diplomático de la República, pero sí lo hay de que un vulgar patriota suyo lo destituya, si la fatalidad del país lo lleva al gobierno, como ministro de negocios extranjeros."

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