Peregrinación de Luz del Día, por Juan Bautista Alberdi

Primera parte

XXXIX

Proceso y condenación de Luz del Día

El juez del crimen procedió inmediatamente a interrogarla en los siguientes términos, delante de la multitud.

-¿Quién es usted?

-Soy una mujer. -(Risa general.)

-¿Cómo se llama usted?

-Luz del Día. -(Nuevas risas.)

-¿De qué país es usted?

-De todas partes. -(Es decir una aventurera, una vagabunda.)

-¿Su edad?

-Más que secular. -(Mentira, pues su juventud está visible.)

-¿Su profesión?

-La enseñanza. -(Carcajada general: bonita enseñanza la que daría a nuestra juventud.)

-¿Sabe usted el motivo de su prisión?

-No lo sé. -(Una voz: ¡Pobre inocente!)

-Usted es acusada de haber falsificado el billete de Banco que ha cambiado esta mañana por billetes verdaderos. ¿Recuerda usted haber dado al Banco este billete francés de cien francos? -(Poniéndole ante sus ojos.)

-Sí; pero yo lo he dado sin examinarlo y en la persuasión de que era bueno.

(Una voz: Así son estas mujeres: como no las cuesta ganar la plata, reciben de los viciosos lo que su vicio las da; y los viciosos no pueden ser incapaces de dar billetes falsos.)

Esta idea cambió un poco la sospecha de falsificadora en la de cortesana burlada por algún truhán, autor de la falsificación.

-¿Es usted casada?

-No lo soy. -(Rumores prolongados.)

-¿Tiene usted cómplices?

-No tengo delito. ¿Cómo puedo tener cómplices?

(¡Bravo!)

El juez toca la campanilla y protesta hacer despejar la sala, si se renuevan los aplausos desacatados.

-¿Tiene usted pruebas de su inocencia?

-No, señor juez.

-Pues aquí la inocencia no se presume, sino que se prueba, cuando un hecho, como el uso de un billete falso, la desmiente. -Alguacil, lleve usted a esta mujer a la cárcel pública. -(Emoción viva y general. Silencio profundo y simpático, por la bella delincuente).

No faltaron algunas voces que llegaron a ser oídas por Luz del Día, por este estilo: ¡La falsificadora!... ¡La embustera de profesión!...

¡La mentira vestida de mujer!...

En la cárcel fue colocada en el departamento destinado a las mujeres, donde se encontró con gran número de otras que allí estaban por delitos y acusaciones diversas, justas e injustas, las unas de aspecto decente, las otras desenvueltas y cínicas, y todas confundidas. A pesar de lo grave del crimen de falsificación de que era acusada la nueva prisionera, las mujeres por la debilidad de su sexo, no pueden comprender que la alteración de la verdad sea un crimen, y la hermosa delincuente no fue mal acogida por las otras.

Luz del Día se hizo para sí esta reflexión: si la biblioteca es el "rendezvous" de todos los calaveras, es de sospechar que esta prisión sea el de las gentes honradas; y si yo estoy aquí como delincuente ¿por qué no podría estarlo la Justicia misma?

No bien acabó de hacer esta reflexión, cuando una prisionera del más noble y digno aspecto se acercó a ella, y saludándola, la dijo:

-Yo creo no equivocarme en pensar que la señora ha sido víctima de una acusación calumniosa y vengativa.

-Tengo la conciencia de que no ha sucedido otra cosa -responde Luz del Día, reconociendo en la dignidad de su interpelante no sé qué cosa de su misma raza y naturaleza sobrehumana. -¿Y por qué dudaría yo de que hablo con una hermana de inocencia y de infortunio? ¿Podría saber el nombre de la persona con que tengo la suerte de encontrarme en este indigno lugar? -dijo Luz del Día.

-Yo soy la Justicia- contestó la otra dama.

-No me asombro de verla donde yo misma estoy.

-Y usted ¿quién es? -pregunta la Justicia.

-Yo soy la Verdad. ¿Quién ha puesto a usted en la cárcel?

-El juez de primera instancia.

-¿Y por qué no apeló usted de su fallo?

-Yo apelé ciertamente, y la Corte modificó la sentencia; pero en vez de dos años de prisión, me puso cinco. También pedí al Gobierno el beneficio del indulto, en un aniversario de la patria, pero lejos de indultarme, declaró que me hubiese fusilado, si de él hubiera dependido hacerme esta gracia.

-Estoy casi cierta de que no estará usted aquí sin alguna compañera digna de usted. ¿No es así?

-Es verdad, no estoy mal acompañada, dijo la Justicia. Esa dama mustia y solitaria que ve usted en aquel rincón, es la Libertad.

-Y ¿quién la ha puesto presa?

-Los liberales, por el crimen de haberlos reprochado su despotismo, es decir, su libertinaje. Ella es más infeliz que yo, porque no solamente la han condenado a prisión, sino que la han declarado loca, como para pasarla al hospital, después que cumpla su condena en esta cárcel.

-Y aquel prisionero, que parece estar tan alegre en el departamento de los hombres, ¿puede usted decirme quién es?

-Ese ha cometido cuatro asesinatos, pero tiene la certeza de su próximo indulto, en cambio de servicios, que el Gobierno espera de él, no sé de qué naturaleza.

Portada
Índice
Siguiente »
Biblioteca Oratlas