Peregrinación de Luz del Día, por Juan Bautista Alberdi

Segunda parte

XII

Primer amago de desquicio

El gallego acababa de pronunciar un bravo estupendo, cuando dan a la puerta enormes golpes, y tras ellos entra despavorida la cocinera anunciando ¡una revolución!

-¿En Buenos Aires? -pregunta don Quijote.

-¿En Chile? -pregunta el gallego.

-¡No -dice la cocinera-, aquí, entre nosotros!

-¿Por los peones?

-¡No, por el pueblo!

-¿Qué hay? explícate -dicen ambos miembros a la cocinera.

-Que a la vista de un ejército extranjero, el pueblo se ha pronunciado en su favor y por aclamación, pues todo él se ha puesto a gritar "sí, sí", es decir "yes, yes" (o en sajón corrompido, "mée, mée"), entregándole su autoridad por este "plebiscito" traidor, como la entregó al señor gobernador antes de ahora, del modo más regular.

-Es decir, que estamos destituidos, exclama tristemente el gallego, y que no nos queda otro partido que escaparnos. Pero ¿cómo? ¿Quién nos llevará de aquí? Los caballos deben estar complicados en el movimiento, como miembros del pueblo soberano. Tendremos que capitular con el enemigo.

-¿Es grande el ejército? -pregunta don Quijote.

-Se compone de seis hombres, pero cada hombre es el tamaño de seis mil hombres -dice la cocinera que los ha visto.

-Son gigantes en tal caso -dice don Quijote, aterrorizado de verse sin armas.

-Son patagones -dice el gallego.

-Tú sabes -dice don Quijote-, que en este país de Patagonia todo ha sido gigantesco en otro tiempo. El"Megaterium" era un perrillo de faldas de las mujeres, que eran como torres andantes. ¿Vienen a pie?

-No, señor -dice la cocinera-, a caballo, en caballos del tamaño de seis mil caballos cada uno.

-¡Qué decía yo! esos deben ser "Megaterios" o "Mastodontes" -dice don Quijote- ¡Oh, si Darwin pudiera verlos vivos! Como él no vio toda la Patagonia, sin duda se le traspapelaron estos individuos, en algún pliegue del terreno gigantesco. ¿Cómo resistir a un ejército de treinta y seis mil hombres? ¡Nuestra situación es grave! ¡No estábamos preparados!

-Pero vamos a verlos -dice don Quijote.

Salidos entonces al patio, se informaron por los peones de que todo lo ocurrido estaba reducido a que algunos hombres que conducen ganado para Bahía Blanca se habían acercado a la costa, según la costumbre del país, en solicitud de algunos víveres, que deseaban comprar, y no encontrándolos habían continuado su viaje, después de tomar agua, de encender sus cigarros y decir un adiós amigable.

-¡Qué comedia! -exclamó el gallego apenas vuelto de su pánico.

-Realmente una comedia -dice don Quijote- pero como no hay comedia sin moral, la nuestra debe tener una.

-Más de una -dice el gallego- la primera es que cuando fundemos una "Gaceta oficial", será preciso dar la redacción a la cocinera por su gran facultad inventiva.

-Y al secretario -añade don Quijote-, debemos darle la cocina y las polleras de la cocinera, por su gran presencia de espíritu. La comedia, aunque comedia, no deja de sugerirme un temor, y es el del peligro que corre la seguridad de mi gobierno, por la falta de instrucción y cultura de mi pueblo. Si esos hombres hubiesen entendido su lenguaje ¿quién duda de que se hubieran prevalido del "plebiscito" que les ofrecía la soberanía, que no buscaban pero que se hubieran apropiado, como podrá hacer mañana todo ambicioso que sepa que nuestra democracia no sabe otra cosa que ofrecerse a todo el mundo, como una mujer pública?

-Su posición es al menos la de una mujer bonita, a quien todos los que se acercasen a ella oyesen repetir, sin que nadie le pregunte nada: "sí, sí, sí". Cada uno daría por hecha su conquista. Yo empiezo a sospechar que, lejos de ser una ventaja para el gobierno la ignorancia del pueblo, puede llegar a ser su mayor peligro.

-Yo siento ser de otra opinión -dice el gallego- yo digo que si la única palabra que habla nuestro pueblo le ha bastado para ofrecer su soberanía al primer conquistador pasante, no necesitaría sino poseer todas las palabras del diccionario para entregarnos maniatados a cuantos vengan a pedirle su sanción. Yo creo que el "sí" constituyente de los pueblos deja la vida de los gobiernos pendiente de un cabello.

-De los gobiernos tontos -dice don Quijote-, que no saben decir "sí" al pueblo que quiere decir "no". Yo digo que el pueblo debe saber pensar y hablar, a condición, bien entendido, de pensar y hablar por conducto de su gobierno; o bien sea de no pensar ni hablar sino lo que dicte su gobierno. Es el modo como algunos poderes han conciliado la instrucción popular con la estabilidad del orden.

-¿En qué quedamos entonces -pregunta el gallego- sobre esta cuestión, que encierra el porvenir entero del gobierno? ¿Enseñaremos a hablar a nuestro pueblo, o le dejaremos reducido al uso del formidable "sí", que hace pasar las coronas de cabeza en cabeza, según el viento caprichoso de la voluntad o, mejor dicho, de la lengua popular?

-La lengua de los carneros será siempre un plato exquisito para los gobiernos que saben ser libres con la libertad de su pueblo -dice don Quijote sentenciosamente.

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