Peregrinación de Luz del Día, por Juan Bautista Alberdi

Segunda parte

XXX

Fines interiores de la política exterior de Quijotonía

En efecto: las veleidades de independencia nacional, de monarquía, de alianzas de familia con las testas coronadas de Europa, no pasaban de platonismo puro. Las miras de don Quijote, que eran más cortas y más positivas, se reducían a ser reconocido y admitido como Gobernador de un Estado confederado, en la "Unión de las Provincias del Río de la Plata", y no era poca ambición, vista la condición de lo que llamaba su pueblo y su gobierno de "Quijotanía". Negociar este reconocimiento, de parte de los poderes centrales de la Confederación, fue el objeto de una misión, que confió a la sagacidad y audacia de un secretario. No se necesitaba en efecto poca audacia y poca sagacidad para persuadir al pueblo y al Gobierno argentinos de la existencia de un Estado de "Quijotanía", en Patagonia, poseyendo una población de cincuenta mil habitantes, un gobierno regular, academias, códigos, constitución escrita, etc., sin que nadie hasta entonces hubiese oído hablar de la existencia de tal pueblo. Todo dependía de los intereses y ambiciones que el negociador supiese encender y suscitar, antes de que le exigiesen y obligasen a exhibir datos y documentos estadísticos, probatorios del nuevo Estado. Habiendo empezado por derramar a manos llenas las esperanzas y promesas de candidaturas para diputados y senadores al Congreso, para miembros de la Academia, para títulos universitarios; de subvenciones gruesas a los periódicos amigos; de privilegios para ferrocarriles, telégrafos, bancos, empréstitos, colonización de tierras, empresas de inmigración, etc., el reconocimiento deseado no se hizo esperar mucho tiempo, como satisfacción debida al clamor de la opinión pública entusiasmada hasta el delirio con la adquisición de un Estado, que parecía caldo del cielo. Nadie pensó en averiguar antes de todo si los hechos eran ciertos: se hubiese reputado traidor al que hubiese vacilado en creerlos.

Se dio como resuelto el problema tradicional argentino de la población y posesión de Patagonia. El censo nacional fue levantado de la mitad de cien mil habitantes. Ya no eran 14, eran 15 las "Provincias Unidas del Río de la Plata". El Gobierno Nacional dirigió un manifiesto al mundo diplomático noticiando el advenimiento del nuevo Estado. El Ministro de Negocios Extranjeros lo avisó por una circular marcada de una satisfacción irónica a los Gobiernos de Chile, Brasil, Inglaterra, etc., como para decirles que perdiesen toda esperanza ambiciosa sobre lo que ya no era el desierto de Patagonia. Sólo el nombre de "Quijotanía", fue encontrado mal sonante y sospechoso, y empezaron a reemplazarlo por el de "Estado de Patagonia". Honores infinitos fueron prodigados al Guillermo Penn de la nueva Pensilvania; todos querían conocerlo, ver su retrato. Los artistas empezaron a diseñarlo por las noticias arrebatadas a su ilustre secretario. "Orión" dio en su folletín, como testigo de "visu", la descripción de las ciudades, de los habitantes, de los trajes y usos pintorescos del nuevo Estado, que aseguró haber recorrido.

Publicó un retrato aproximado de su jefe. Habló de sus mujeres, sajonas de raza, de largo y crespo cabello, casi blanco por su rubicundez solar; de su honestidad angelical y de su fidelidad de raza sobre todo. Reprodujo un discurso que dijo haber pronunciado en un banquete ofrecido a su celebridad ruidosa, por todo el pueblo de "Quijotanía", y en que fue proclamado gran protector del continente americano, por sus victorias oratorias obtenidas en su defensa, contra los filibusteros y piratas del lago de Ginebra y del lago de Neufchatel más que todo.

A medida que la persuasión pública y el entusiasmo general se agrandaban, crecía también el terror mal encubierto del secretario sobre las consecuencias que el desencanto debía traerles a él y a su jefe el día inevitable del descubrimiento de su insigne superchería. Se atribuía su aire de timidez a la modestia inseparable de los hombres eminentes en la acción.

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