Peregrinación de Luz del Día, por Juan Bautista Alberdi

Primera parte

III

Luz del Día en Sud-América

El primer día en que Luz del Día llegó al puerto de su destino, los encargados de recibir y colocar a los inmigrados, tomándola como una de tantas, la preguntaron cuál era su oficio, y en qué ocupación contaba ganar su vida en aquel país.

-¿Mi ocupación?, ¿mi oficio? es el de decir a cada uno la verdad.

-Así debe ser -observó jocosamente el empleado-, pues se llama "Luz del Día".

-¿Cuál es su ocupación? -preguntó otro empleado que tenía el encargo de buscar una cocinera.

-La de decir a cada uno la verdad.

-Debe ser loca, porque es oficio de locos el decir las verdades; también es cierto, las dicen los sabios, pero una mujer no corre riesgo de ser sabia.

-Todo lo contrario -dijo otro-, le basta ser mujer para ser loca.

Luz del Día empezó a enfadarse de esta charla ofensiva y grosera, cuando alguno observó que tal vez era la "enseñanza", la "educación", la "instrucción", lo que quería llamar su oficio de decir la verdad.

Aceptada y agradecida por ella, esta insinuación feliz, aceptó también la oferta que la hicieron de recomendarla a un gran partidario de la educación y de la inmigración europea, cuyo auspicio la pondría en el camino que deseaba.

Pidió su nombre y dirección, y la dieron los del señor "Tartufo".

-¿Tartufo? -repitió ella espantada.

Los empleados se ríen, y uno la observa que Tartufo no era un fraile, como tal vez creía Luz del Día, sino al contrario, un gran enemigo de los frailes, un gran liberal, una especie de apóstol de la instrucción popular, un partidario de la emigración europea en América.

-Yo quisiera verle -dijo Luz del Día-, aunque ese nombre me asusta...

-No haga usted caso de nombres -la dijo un empleado. Aquí tenemos hombres que son la virtud misma y se llaman "Ladrón"; otro que son la humanidad, y se llaman "Guerra, Verdugo, Cadalso, Lanza"; otros que son un cordero, y se llaman "León".

¿Es decir que en este país los hombres son el desmentido de las cosas? -dijo para sí misma-. Si yo entonces dijese mi nombre, sería tomada por la mentira en persona.

-Pues bien -le dijo Luz del Día-, yo iré a ver ese señor. Y se quedó intrigadísima y pensativa sobre quién podría ser ese Tartufo liberal, de quien la casualidad le hacía su primer contacto, su especie de chambelán o "ciceroni", desde su primer paso en el suelo americano.

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