Peregrinación de Luz del Día, por Juan Bautista Alberdi

Primera parte

XXVII

Moral de Basilio

"Pero entendámonos -prosigue Basilio (sin dejar de comer y beber continuamente)-, aunque el homicidio no sea un asesinato cuando es hecho con buena intención, no bastará que su mero fin político sea la prueba de esa buena fe; importa esencialmente ocultar la mira política con dos objetos: 1° prevenir discusiones impertinentes entre los partidos políticos, y 2° asegurar al patriota ejecutor del crimen legal contra toda represalia o castigo vengativo.

"Esto es lo que no saben las gentes ignorantes en estas cosas, siempre complicadas y arduas para su preparación, plan y debida ejecución - dice Basilio-. De la ignorancia de las reglas sale esa multitud de asesinos bruscos e indiscretos, que matan de frente, para pasar por la vergüenza de ser ajusticiados como verdaderos asesinos, cuando en realidad no tuvieron más crimen que su inhabilidad en la ejecución.

"El arte de evitar estas vergüenzas, para el que practica la industria del exterminio político, consiste en dar al atentado como motivo aparente, una venganza privada de carácter moral. Esta moralidad aparente del matador, es su pararrayos contra la justicia penal. Es preciso que se presente a los ojos del público, como el castigo condigno de un vicio, infligido por una noble violencia de la víctima del vicioso."

-Muy finas, muy hábiles pueden ser todas esas reglas - observa Luz del Día-, pero como la verdad nunca deja de salir a luz, es de esperar que ellas no sirvan sino para postergar el castigo del asesino.

-Ese peligro sería muy real y evidente en ciertos casos -responde Basilio-, pero no cuando los jueces y fiscales son los más interesados en los resultados que ha producido el golpe.

-¿Pero esto es posible, es concebible siquiera? -pregunta asombrada Luz del Día.

-¿Qué quiere usted que haga un juez mantenido en su empleo por el Gobierno a quien sostiene juzgando los casos litigiosos como conviene a la estabilidad del Gobierno y del juez? Hay casos en que la justicia recta es un suicidio, y los jueces son demasiado cristianos para incurrir en esa tentación.

-Pero cuando el Gobierno es perjudicado por el asesinato, que ha tenido lugar, ¿qué valdría su excusa política al asesino? -pregunta Luz del Día.

-Tal hipótesis no es admisible -dice Basilio-. Como no es realmente político sino el asesinato que sirve al Gobierno, es decir al jefe político del país, no puede presumirse que los jueces tengan interés en ajusticiar al servidor del Gobierno, por cuyo favor ellos son jueces. Y sobre todo, por mi parte yo no admito encargos de ese género, sino por cuenta de los gobiernos, y del más fuerte cuando los gobiernos son dos y están encontrados.

"Mis razones para ello son numerosas y excelentes; pagan bien, me ofrecen la seguridad de que no seré colgado aun en el caso de que se sospeche o se descubra que yo he organizado y conducido el negocio; y además de la paga, estoy seguro de tener premios, tal vez condecoraciones, grados militares, un empleo en la judicatura, pero sobre todo la comisión de otros y otros negocios del mismo género.

"Así, usted ve que se puede llamar un verdadero oficio de vivir, el de hacer que otros dejen de vivir. Y si la señora Luz del Día quiere tener parte en mis empresas, yo la respondo que pronto tendría riquezas, rango y adoradores... No sería imposible que llegara a obtener la mano de un magistrado."

-Pero ¿qué parte puede tomar una débil y pobre mujer en negocios tan arduos y tan complicados como el mismo señor Basilio lo reconoce?

-¿Qué parte? La principal, la más brillante, la más decisiva -dice Basilio.

"Un ejemplo voy a proponer en hipótesis, para demostrarla lo que digo.

"Suponga usted que me encargo de suprimir a uno de esos hombres peligrosos y funestos, que se erigen en obstáculo de un Gobierno, es decir, a uno de esos famosos culpables del crimen de no pensar como su Gobierno. ¿Lo haré suprimir por una puñalada dada por la espalda al doblar una esquina? Sería deificarlo, resucitarlo a la historia, hacerle su apoteosis de víctima ilustre; en una palabra, sería una torpeza de mi parte, y merecería el deshonor de no recibir otra comisión semejante. ¿Qué haré en vez de esto? Le haré desaparecer en casa de una mujer, que, con razón o no, pase por su concubina. Para preparar el caso, haré difundir en la opinión, que esa mujer es su concubina, aunque no lo sea. Haré que el hombre joven a quien yo delegue el cuidado de dar el golpe, haga la corte de antemano a esa mujer, y cuidaré de que pase en la opinión por su amante de corazón. ¿Qué sucederá cuando haya dado el golpe? Que el matador a quien la justicia no dejará de tomar, porque él mismo cuidará de hacerse tomar para salvarse, será considerado como la víctima simpática de una pasión de celos, y se conseguirá de este modo otras ventajas más, a saber: la denigración del sujeto asesinado, por un proceso público, y la impunidad del asesino al favor de una gran circunstancia atenuante. Es preciso que el ejecutor sea procesado, porque sin el proceso no hay publicidad ni difamación completa. En tiempos de libertad, el juez y el fiscal son los mejores instrumentos de difamación. Su difamación es oficial y auténtica. De este modo se consigue el doble resultado de matar al hombre-obstáculo, y de matar su honor y su memoria después de muerto para que no pueda defenderse. ¿No es una victoria que hace honor a la estrategia del general? Sus soldados habrán sido la mujer, el joven y el juez; el uno voluntario y los otros dos conscritos e involuntarios.

"Ahora, si la señora Luz del Día quiere entrar como voluntaria en una campaña semejante, la empresa tendría un éxito más fácil y brillante.

-Como conscrito, es decir como asesino involuntario (como lo general de los soldados) ya sería bastante desgracia para mí verme empeñada en tal empresa. Como voluntaria, no sé cómo explicarme la simple insinuación del "caballero", que come con nosotros... -dice con voz cortada Luz del Día.

La explicación, por tanto, era muy simple. La frecuencia de las libaciones, había destornillado un poco la razón de don Basilio, y como nadie le había interrumpido con objeciones ni protestas, ni podía esperarlo de ninguna persona admitida a la sociedad del señor Tartufo, Basilio llegó a olvidarse que conversaba con desconocidos, y creyó más bien, que discutía un plan de campaña y un proyecto de empresa destinado a ejecutarse.

La prueba de esto estaba en lo que continuó diciendo:

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