Peregrinación de Luz del Día, por Juan Bautista Alberdi

Primera parte

XXXI

Otros recursos estratégicos de Basilio

"Ahora bien, dice Basilio, en este tiempo de fraternidad y de mutualidad, tonto es aquel gobierno que hace su diplomacia por sus diplomáticos propios y no por los diplomáticos ajenos. Sobre todo en los casos de guerra, no hay otro medio, porque lo primero que hace el país que la declara o acepta, es despedir la legación de su beligerante, lo cual equivale a tapar un agujero, pero inútilmente, porque quedan abiertos otros muchos, por donde el beligerante puede entrar con más eficacia y menos responsabilidad, hasta la casa misma del soberano enemigo. El colmo de la astucia diplomática, es valerse de diplomáticos ajenos, que felizmente nunca faltan, cuando las finanzas andan bien. No faltan estados que no pueden costear a sus propios diplomáticos, y que tienen que dejar prudentemente que otros los costeen. Esto ha hecho nacer una especie de agencia, o consignación diplomática, por la cual un solo diplomático tiene muchas legaciones y misiones, o comisiones o consignaciones a su cargo, y todas las desempeña a la vez, cuidando en lo posible de que se estorben las unas a las otras, para hacerse pagar hasta el servicio de remover las dificultades, que él mismo suscita. Es la repetición en la diplomacia de lo que una república célebre nos mostraba en la guerra, en tiempos pasados: como ella daba a 'mutuo' sus soldados, otras repúblicas dan hoy a 'mutuo' sus diplomáticos. Esta es la mejor prueba de su neutralidad, como los soldados suizos probaban la neutralidad fundamental de su país, tomando parte en todas las batallas ajenas. De un diplomático conocido se puede uno precaver, por disimulado que él sea; pero cuando usted trata con un ministro de la nación A..., creyendo que trata con el de la Nación B... ¿no está usted en manos de su enemigo, creyendo hablar con un aliado?"

La claridad de estas consideraciones no deja duda a Luz del Día, de que el sueñecito echado en la mesa ha despejado mucho la cabeza de Basilio. Pero como no tardará en renovar sus libaciones con vinos más capitosos, al fin de la comida su verbosidad genial y turbulenta no tardará en reaparecer

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