Peregrinación de Luz del Día, por Juan Bautista Alberdi

Primera parte

XXXVI

Fines y objetos de la diplomacia según Basilio

-¿Según qué principio, pregunta Luz del Día, propone don Basilio sus candidatos para ministros diplomáticos? ¿Para cuál diplomacia? ¿Para cuál política exterior? Porque según es el objeto de la diplomacia, así deben ser los diplomáticos.

-Para el único objeto que tiene la política en Sud-América, tanto exterior como interior: suprimir, combatir, destruir el obstáculo, que la hace imposible: este obstáculo es la verdad.

-¿La verdad? -pregunta sorprendida Luz del Día

-Sí, señora, la verdad en persona. La verdad es la fiebre amarilla de los gobiernos americanos; ella los diezma y destruye. Naturalmente, tienen que defender su existencia, y en esta demanda, su deber capital, es extirpar la epidemia, que desgraciadamente es contagiosa en supremo grado. Es preciso atacarla en sus fuentes, o más bien prevenir que salga de sus fuentes para venir a América; atajarla de lejos por un cordón sanitario: este cordón es la diplomacia de la América del Sud, en la Europa del Sud.

-Pero si los gobiernos son gobiernos de verdad, ¿halla usted posible que la verdad se ataque a sí misma? -pregunta Luz del Día.

-No sé lo que quiere decir "gobierno de verdad", dice Basilio. Aquí la verdad no hace gobiernos; al contrario, ella los deshace. Los gobiernos son como.. .

-Dios los hace... -interrumpe Luz del Día.

-No, señora, aquí Dios no hace gobiernos. No tenemos gobiernos de derecho divino. Los gobiernos son como son, por la obra de la naturaleza, pues emanando los unos de los otros, es natural que el sucesor se parezca al sucedido, como en la sucesión de todas las especies. Un gobierno hecho por un gobierno no puede dejar de ser legítimo.

-Pero ¿puede un gobierno ilustrado, ser enemigo de la luz, ni la luz puede hacer mal a un gobierno ilustrado?

-La luz, señora, puede bastar por sí sola para destruir al gobierno más fuerte, en casos dados, que son el caso de cada día en Sud-América. La política de nuestros gobiernos, tiene la misma razón para temer los estragos de la luz, que la tiene una mujer honesta, que involuntariamente ha recibido de la naturaleza por dote, el tener un ojo menos, o una oreja menos, o una pierna corta y otra larga, o una piel despedazada por las viruelas, o lo que es peor, arrugada por los años. Esta señora vive feliz, quieta, respetada, querida, mientras vive bajo una luz condescendiente y propicia, que ella misma cuida de darse; pero basta que la luz del día, revele a los ojos de todos su tez arrugada, su cojera o sus mutilaciones con que la ha dotado la naturaleza, para que todas la pierdan el respeto y se rían en su cara. Esta es la misma suerte de toda política dotada como esa señora, con un ojo menos, una pierna menos, una oreja menos, etc.. Alumbrarla, es destruirla, porque es revelar sus deformidades naturales y arrancarle toda autoridad. No es que la política no ame la luz. Sin la luz sería la muerte. Pero los gobiernos quieren la luz que ellos hacen, no la luz de la verdad. Ellos saben hacer la luz que les conviene: es una luz política, o una luz diplomática, según que es para alumbrar al país por dentro o por fuera. La luz del día tiene el gran defecto de hermosear lo que es hermoso y de afear lo que es feo. Nada más contrario a la política. La luz de la mentira (como llama la mordacidad de las oposiciones a la luz de los gobiernos), hace parecer joven lo que es viejo, hermoso lo que es feo, derecho lo que es tuerto, bueno lo que es malo. ¿Puede haber una luz más útil y necesaria para gobernar?

"La verdad para nuestros gobiernos, prosigue Basilio, es como el petróleo: al mismo tiempo que sirve para alumbrar, sirve para incendiar. Es natural que los gobiernos hagan de la verdad, un contrabando de guerra, y comprendan la prohibición de su tráfico en los tratados internacionales. Es natural que hagan requisición de ella, que desarmen a los particulares de esa arma peligrosa y la monopolicen, para servicio del Estado, como hacen con la pólvora, los cañones, los fusiles y las armas de ejército. El Gobierno puede usar todo esto para gobernar al pueblo; pero el pueblo no puede usarlo respecto de su gobierno, sin cometer felonía y alta traición.

"Para administrar la verdad, el Gobierno lo hace por medio de esas linternas sordas de que se sirve la policía nocturna, las cuales sirven para dejar a uno en plena luz, y a otro en plena oscuridad. El que maneja la luz puede ver bien a los demás; los otros no pueden verle a él. El Gobierno no puede decir la verdad a sus opositores, pero sus opositores no pueden decirla al Gobierno, porque esto es arrebatarle sus armas y cometer crímenes de sedición y felonía. Si los opositores son tuertos, viciosos y manchados, el Gobierno tiene derecho de derramar sobre sus defectos toda la luz del sol, sin faltar al orden, porque el Gobierno no puede hacer revolución a la oposición. Pero la oposición no puede alumbrar las manchas y vicios reales del Gobierno, sin destruir su autoridad, lo cual es un verdadero delito de sedición. La luz de la verdad es a menudo la revolución, porque a menudo la política de los gobiernos es la mentira o la deformidad, cuando no se mira con la luz de su propia hechura.

"Cuando la Verdad es castigada y arrojada del país por su abominable empeño de revelar los vicios naturales de sus gobiernos civilizados, busca su refugio en países extranjeros, desde donde sigue derramando su luz impertinente sobre los puntos negros de nuestra política. Es natural que el Gobierno la haga perseguir y castigar en el extranjero, conforme al derecho de gentes. Este es el fin de sus legaciones, y el objeto que sus ministros diplomáticos persiguen por tratados de extradición de los que se hacen culpables del crimen ordinario de incendio intelectual y literario, y de robos de reputaciones perpetrados en las personas del Gobierno. Los tratados postales tienen por objeto impedir esas infiltraciones del petróleo de la prensa, que la pérfida Verdad destila desde lejos para incendiar y demoler el edificio del Gobierno.

"Los ministros diplomáticos son enviados para visar el pasaporte con que cada idea deja la Europa para venir a la América, y negárselo a toda verdad, que revele algún achaque del Gobierno, o del país, que el patriotismo bien entendido manda ocultar.

"Ellos deben distribuir en el extranjero la luz auténtica y genuina que es la del Gobierno, con que se deben ver y apreciar los actos de su política desde lejos. La legación debe ser un diorama donde las hazañas del Gobierno deben ser presentadas bajo los más bellos colores, en cuadros verdaderos pintados por pintores oficiales. Deben hacer en la corte, en el salón, en la prensa, en la calle, en los paseos, guerra a muerte al enemigo natural de todos los gobiernos, que es la luz, que revela sus defectos, es decir, la luz de la Verdad."

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