Peregrinación de Luz del Día, por Juan Bautista Alberdi

Segunda parte

V

Encuentro de Luz del Día con Fígaro

Un criado, en esto, anunció la visita de un escritor afamado. A su aparición, exclamó Tartufo: "Hablando del rey de Roma, luego asoma".

-"Por la regla -añadió el visitante -que todo es maravilla en el que es de Sevilla."

Introducido Fígaro a Luz del Día, dijo que ya había tenido el honor y el sentimiento de oír hablar de la señora, con motivo de dos incidentes ruidosos.

-Los menciono -agregó presto Fígaro -porque son para mí dos títulos de recomendación y simpatía respetuosa en favor de la señora, conociendo la mano que los preparó. Fígaro y Luz del Día, como hermanos en su horror a Basilio, simpatizaron en el acto, y sin embargo de todas las inconsistencias del enemigo de la calumnia, fue su contacto la ocasión del primer gusto que tuvo Luz del Día, desde su llegada al nuevo mundo.

Tener que consolarse con el contacto de un tunante, aunque amable y bueno, era una desgracia para Luz del Día, y una razón para que empiece a sentir el deseo de reemigrar de América. Apercibido de esto y de los motivos que tenía Luz del Día, para abstenerse de ofrecer sus servicios de institutriz en las casas de educación, Fígaro la aconsejó que no dejase la América sin ensayar el efecto de una conferencia pública, a la que sus lances conocidos darían mayor incentivo, lejos de perjudicarla.

-¿Sobre qué punto -preguntó Luz del Día- podría yo hablar ante un público y en un país que no conozco?

No hay más que uno solo para todo el que quiere hacerse escuchar en América: es la Libertad, como tema de disertación. Con tal y siempre que no se trate de su ejecución y práctica, todo el mundo es fanático por la libertad ideal y platónica; por esa libertad que no se ve ni se palpa, que no se usa ni practica. Cuanto menos real, tanto más ilusoria. Como a la mujer, para amar la libertad con fanatismo es preciso no poseerla. La libertad entendida a la inglesa, es decir, como carga, como trabajo público, como contribución de plata, de sangre, de cuidados, de tiempo, de labor, es la prosa más detestable en esta América de poetas y de cantores. El liberador que la diese a sus compatriotas, sería asesinado por ellos en reivindicación de sus ilusiones de esclavos, que viven cantando su adorada libertad eternamente ausente o cautiva.

Agradecida de la sugestión y dispuesta a realizarla, Luz del Día manifestó a Fígaro el deseo de recibir de su experiencia la comunicación de algunos datos prácticos sobre la condición real de la libertad en Sud-América, que pudieran serla útiles para tener una conferencia pública. Ya era mucho consuelo para Luz del Día, el saber que la libertad es amada, aunque no poseída ni conocida. El amor es un paso a la posesión. Si su imagen es dulce, su posesión lo es más; todo está en enseñar al pueblo, las condiciones necesarias, no sólo para conocerla, sino para poseerla. Para esto necesito estudiar las causas que hoy hacen existir a la "libertad sin liberales", y yo creo que nadie debe conocerlas mejor que el redactor del periódico que lleva este título, y no es otro que Fígaro.

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