Peregrinación de Luz del Día, por Juan Bautista Alberdi

Segunda parte

XXXI

Vacilaciones del gobierno de Quijotanía

Regresado medio incógnito a "Quijotanía", para dar cuenta a su jefe del buen éxito inesperado de su misión, lo hizo en pocos momentos, sin omitir nada esencial; el secretario embajador acabó por descubrir a su jefe el pánico de que venía poseído sobre las consecuencias posibles de tamaña fantasmagoría. Al oír la palabra "fantasmagoría", Don Quijote se trasportó de la cólera más exaltada, y trató a su negociador de hombre sin coraje, sin ciencia y sin buena fe, puesto que dudaba de su propia gloria y se calumniaba tan estúpidamente a sí mismo.

-Yo no veo calumnia ni embuste -dijo el gallego- en este sentido. Lo que yo veo es que de un momento a otro, de todas partes van a empezar a llegar los que, atraídos por la curiosidad y el interés, vendrán a conocer y tocar lo que han admirado sobre la fe de nuestra palabra; y que no viendo otra cosa que una estancia poblada de animales, en lugar del Estado que les hemos anunciado, nos van a prender como a impostores y culpables del crimen de usurpación de títulos y de mando, y van a soterrarnos en una prisión por años enteros.

Don Quijote, sonriendo con lástima de la pusilanimidad ignorante de su secretario, le habla en estos términos:

-¡Cuán limitado es tu ojo, amigo mío! ¡Cuánto te compadezco! Si tuvieras el ojo de la ciencia, verías en esto que te parece "una simple estancia", todo un Estado opulento en germen, pero que, no por ser un germen, deja de ser en realidad el Estado que hemos anunciado. No has mentido en lo más mínimo. Nuestro Estado existe y existe del modo más completo; ¿sabes cómo? Como existe la encina en el corazón de la bellota. ¿Qué le falta al árbol para desplegar sus ramas a la faz del sol? Nada más que un simple lapso de tiempo. He ahí la cuestión de nuestra patria; mera cuestión de tiempo. Esta estancia es un Estado como la bellota es una encina. Cuando una cosa existe en realidad, disputar sobre la hora de su mayor desarrollo, con el reloj en la mano, es prolijidad nimia, impropia de hombres de Estado. ¿Qué es un carnero a los ojos proféticos de la ciencia que tiene a Darwin por apóstol? Un hombre en germen y tal vez de mejor índole que el presente, originario del mono, criatura incapaz de disciplina y de gobierno, mal inclinada y nada escrupulosa. Es preciso ser la ignorancia en persona para poner en duda la realidad de nuestro gobierno y del pueblo de nuestro mando. No temas que de la "Atenas del Plata" salga la señal de tan ignorante escepticismo. Si las cenizas de la Grecia antigua son miradas como del pueblo mismo de Platón viviente, ¿por qué las raíces fecundas de la futura "Quijotanía", no serán vistas como un imperio que existe desde hoy mismo? La estadística es la máscara de los hechos: ella los enumera todos, menos uno: la vida.

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